Transmitir con cada vino la esencia de cada parcela. Este es el objetivo principal de Cuentaviñas, unas bodegas de la D.O.Ca. Rioja, que inspiran su nombre en las historias que narran los propios cuentacuentos. Ahora, como si de uno de ellos se tratase, le toca el turno a su dueño, Eduardo Eguren -quinta generación de una familia muy reconocida-, quien comparte la historia que escribe en solitario, lejos de los proyectos familiares.
Todo buen relato que se precie empieza con un conflicto al que debe enfrentarse el protagonista. En el caso de Eduardo, el cuento empieza con la muerte de su abuelo materno Félix Ramírez (apodado ‘El Peciñero’) y la llegada a sus manos de tres parcelas de viñedos que él mismo califica como “joyas”. Esto lo animará a comenzar un proyecto en solitario, un sueño donde poner en práctica todo lo aprendido durante años. La búsqueda de ese lugar mágico y único para hacer realidad su sueño lo lleva hasta la Rioja Alta, concretamente a San Vicente de la Sonsierra, un municipio a los pies de la Sierra de Toloño. Allí, en la pequeña aldea de Peciña, encuentra su lugar. ¡Qué curioso! Este pequeño enclave, donde apenas hay habitantes, se llama igual que el apodo con el que conocían a su abuelo. “No está claro si él elige el lugar, o el lugar lo elige a él”.
En la finca El Hoyo termina de desarrollarse esta trama con un viñedo de 1923, orientado al sur-oeste, y con una gran diversidad de selecciones masales de tempranillo. Las cepas crecen en suelos poco profundos y arenosos (debido a la degradación de la arenisca calcárea) y están expuestas a un clima Atlántico (el océano sólo se encuentra a unos 70 kilómetros), con unas precipitaciones anuales de 650 mm. En este enclave nace Cuentaviñas El Tiznado, un tinto clásico y elegante.
Para Eduardo Eguren, la viña es la base y el principio de todo. “Sin un buen comienzo es difícil escribir un buen final”. Por ello, los cuidados son exquisitos y minuciosos, como las pequeñas hogueras que se encienden durante las heladas de invierno para mitigar los efectos del frío sobre la uva. En este lugar, la vendimia se realiza a mano, en cajas de 15 kilos. Una vez en bodega las uvas, que son despalilladas, fermentan y maceran en barricas de roble francés durante 21 días. Una vez acabada la fermentación alcohólica, le toca el turno a la maloláctica en barricas nuevas de roble francés de 228 litros. Aquí mismo, durante 18 meses, se realizará la crianza que finalizará con el desenlace de 3 meses en botellas.