Hay noches en las que la finca de Trujillo parece quedarse en silencio antes de tiempo. El calor se ha ido poco a poco, pero la tierra todavía lo guarda dentro. Y en ese momento, casi sin aviso, empieza a entenderse por qué cada número de Habla es distinto, por qué ninguno se parece al anterior, por qué algunos vinos nacen con la sensación de que no van a repetirse jamás.
Habla Nº37 pertenece a esa idea. A esa colección de números que no son una serie, sino una sucesión de instantes irrepetibles. Cada uno nace de una vendimia concreta, de un clima que ya no existe igual al año siguiente, de una tierra que responde siempre de forma distinta aunque se la escuche con la misma atención.
En la finca de Trujillo (Cáceres), en el corazón de Extremadura, la bodega Habla trabaja un paisaje amplio, abierto, donde la luz parece no tener prisa en irse. Es un entorno seco, de horizontes largos, donde la vid aprende a convivir con la escasez de agua y con una amplitud térmica muy marcada entre el día y la noche. Esa diferencia de temperaturas no es un detalle técnico menor: es lo que permite que la uva madure con intensidad durante el día y conserve frescura cuando cae la noche.
El vino nace dentro de la VT Extremadura, una tierra que no suaviza el carácter de la naturaleza, sino que lo deja aparecer tal y como es: solar, directo, concentrado.
El viñedo se extiende en parcelas que miran al sol desde distintas posiciones. No es un terreno uniforme, y ahí está parte de su identidad. Los suelos son pobres, de buen drenaje, obligando a la vid a profundizar para encontrar equilibrio. Esa pequeña lucha silenciosa se traduce después en vinos con más definición y tensión.
El trabajo en el viñedo es de cultivo , respetando los ritmos de la planta y dejando que el entorno marque parte del camino. No se trata de intervenir más, sino de observar mejor.
En este paisaje, Habla Nº37 se construye a partir de malbec, una variedad de origen no autóctono que aquí encuentra una lectura distinta. Acostumbrada a otros climas, en Extremadura se expresa bajo una luz más intensa y una sequía más evidente. Esa adaptación cambia su forma de madurar: la fruta se concentra, la piel gana protagonismo, y el vino adquiere una personalidad más directa, sin perder la frescura que le dan las noches más frías.
En bodega, la vendimia se realiza de forma manual, seleccionando cuidadosamente cada racimo. Después, la uva se despalilla, separando el raspón para trabajar únicamente con el grano. Se realiza una maceración en frío, un contacto suave entre el mosto y las pieles para extraer color y aroma sin agresividad.
La fermentación alcohólica se lleva a cabo en depósitos de acero inoxidable con temperatura controlada, donde las levaduras transforman el azúcar de la uva en alcohol de forma lenta y precisa, respetando el carácter frutal del Malbec. Más tarde, el vino realiza la fermentación maloláctica, un proceso natural que suaviza la acidez y redondea la textura.
Posteriormente, Habla Nº37 se cría durante 12 meses en barrica de roble, un tiempo de reposo que afina el vino, integra matices y aporta complejidad sin borrar su identidad varietal.
El embotellado llega después, como un cierre silencioso a un proceso que ha ido tomando forma poco a poco, sin prisa.
Abrir Habla Nº37 es encontrarse con un instante concreto de la finca, con una decisión tomada en un año irrepetible. Un vino que invita a detenerse un momento más de lo habitual, a dejar que el número deje de ser cifra y se convierta en lugar, en clima, en memoria.