En Montalcino, cuna del célebre Brunello, no todo fue siempre vino. Entre colinas boscosas y senderos toscanos que parecen detenidos en el tiempo, sobrevivió durante siglos otra tradición: la del castaño. Testimonio de ello son los antiguos seccatoi di castagne, o metati: pequeñas construcciones rurales donde las castañas se secaban lentamente gracias al calor suave de un fuego encendido en la planta inferior.
Y es precisamente en uno de esos secaderos donde nace Il Marroneto, hoy una de las bodegas más emblemáticas de Montalcino y un auténtico templo del sangiovese. Su nombre no es casual: el edificio principal fue, en su origen, un secadero de castañas. De esa unión entre historia rural y tradición vinícola surge una identidad absolutamente única.
Al frente está Alessandro Mori, un productor que rehúye modas y atajos. Su filosofía es cristalina: viticultura respetuosa, mínima intervención y máxima expresión del lugar. Su objetivo es que cada vino cuente una historia verdadera de Montalcino, con la sangiovese como protagonista indiscutible.
El gran emblema de la casa es, cómo no, el Brunello di Montalcino. Un vino que combina profundidad, elegancia y una capacidad de envejecimiento extraordinaria. Procede de 10 hectáreas de viñedos situados en la cara norte del municipio, donde los suelos calcáreos y arenosos ofrecen uvas de calidad excepcional. Mori trabaja para mantener suelos vivos, vides equilibradas y rendimientos ajustados a cada añada. Nada se improvisa; todo está pensado para que la uva llegue a bodega con una pureza impecable.
En la bodega, la sinceridad continúa. Las fermentaciones son espontáneas, sin levaduras seleccionadas ni aditivos. A Mori le gustan los arranques vigorosos, con temperaturas que pueden alcanzar los 36 °C —e incluso 40 °C—, algo posible gracias a la resistencia de las levaduras autóctonas. Este proceso permite extracciones profundas de color y aroma, con maceraciones sorprendentemente breves de unos 10 días, y un uso significativo de uva entera sin estrujar.
El envejecimiento se realiza en tradicionales botti de roble de Eslavonia de 26 hectolitros —siempre usadas— durante un mínimo de 36 meses. Cada 3 meses se hacen trasiegos que clarifican el vino de forma natural, sin artificios.
Il Marroneto Madonna delle Grazie Brunello di Montalcino se ha convertido en un icono por su equilibrio, su delicada textura arenosa de taninos y una finura aromática que ya es parte de su identidad. Un vino que honra su territorio y demuestra que el pasado —sí, incluso un humilde secadero de castañas— puede ser el origen de algo verdaderamente excepcional.