¿Qué pinta “Koreaa” en una botella austriaca? Si buscas la península de Corea en un mapa vinícola acabarás navegando por mares ajenos. Pero, si te das una vuelta por Gols —pueblecito del Burgenland oriental (Austria), a un suspiro del lago Neusiedl— y preguntas por “Corea”, todo el mundo señalará la misma loma ventosa. El mote nació en los años 50, cuando la Guerra de Corea sonaba a diario en la radio y aquel viñedo, más frío y lejano que los demás, parecía plantado en el fin del mundo. Aunque sobre el papel se llama Fürstliches Prädium; para Judith Beck es simplemente Koreaa, con doble a y todo el encanto dialectal.
La historia familiar arranca en 1976, año en que Matthias y Christine Beck plantaron las primeras vides en la que pronto se convirtió en la zona vinícola más cálida de Austria. Judith creció entre hileras de blaufränkisch y sankt laurent, estudió enología y afinó el paladar viajando por Burdeos, Piamonte y Chile antes de volver a casa. Su primera vendimia propia llegó en 2001 y, tres años más tarde, tomó el timón de la bodega. Hoy es una de las voces de Pannobile, colectivo que defiende variedades autóctonas, cultivo y mínima intervención porque el vino «tiene que dar placer sin excusas».
Koreaa se elabora con las variedades grüner veltliner, scheurebe, weissburgunder, neuburger, welschriesling, zweigelt y algún otro secreto que sólo la parcela conoce. Todo se trabaja en orgánico, sin herbicidas ni pesticidas; la cubierta vegetal mantiene viva la biodiversidad y la brisa del Neusiedl modera el calor veraniego. La vendimia es manual, los racimos viajan en cajas pequeñas y fermentan con levaduras propias en barricas muy viejas, para que la madera no levante la voz. 3 ó 4 días de maceración regalan un velo cobrizo y algo de textura. Después el vino pasa 6 meses sobre sus lías finas y se embotella sin filtrar, sin clarificar y sin sulfitos añadidos.
Judith Beck repite que «vino, placer y ganas de vivir van de la mano», y Koreaa lo demuestra sin discursos técnicos. Jugoso, vibrante y con un final salino pide amistad y conversación. La “Koreaa” burgenlandesa está a medio mundo de la auténtica, pero viaja rápido: basta con descorchar la botella.