Sassicaia es considerado el primer vino italiano reconocido internacionalmente.
Cuesta creer que este país, —con siglos de tradición e historia vitivinícola—, no hubiera alumbrado vinos de este tipo hasta los años 20 del siglo XX cuando el marqués Mario Incisa della Rocchetta tenía un sueño: crear un vino “pura sangre” italiano siguiendo los ideales de Burdeos. Y finalmente lo consiguió al elaborar este tinto desde las bodegas Tenuta San Guido, en la Toscana, concretamente en la Maremma Italiana. Esta constante excelencia, reconocida en algunas añadas con 100 puntos Parker, le ha valido una DOC propia: la DOC Bolgheri Sassicaia.
Allí, sobre suelos con depósitos aluviales (donde se mezclan limo, arcilla, arena, grava y una alta concentración de hierro y manganeso), se encuentran las 2.500 ha propiedad de esta bodega, divididas en tres zonas: las marismas, el llano y 75 ha de viñedo. En estas últimas parcelas —ubicadas en la colina trasera de Bolgheri—, las cepas viejas (con sus sistemas de raíces profundos), crecen a 400 metros de altitud influidas por noches frescas y veranos secos y calurosos. En cuanto a las variedades cultivadas, la reina indiscutible en Tenuta San Guido es la cabernet sauvignon, la única uva que tras varios experimentos demostró aportar el mismo bouquet que un Burdeos envejecido.
Este detalle supuso toda una revolución y ruptura con la tradición de la zona, donde hasta el momento tan solo se vinificaba la sangiovese y la nebbiolo, que daban vinos tintos frescos. Directamente la crítica, que esperaba encontrarse con ese perfil, no entendió la propuesta que hacía el marqués Mario Incisa della Rocchetta con Sassicaia, obviando que los vinos de cabernet sauvignon debían madurar y evolucionar en el tiempo. Por este motivo, entre 1948 y 1967, el consumo de Sassicaia quedó relegado a un ámbito totalmente privado, entre el marqués y sus amistades de la aristocracia, hasta que en una de estas catas privadas al descorchar la botella se descubrió la óptima evolución de Sassicaia. Así, en 1968 comenzaba a comercializarse, considerado el padre de los supertoscanos, un grupo de vinos que en los años 60 cambiaron el vino italiano para siempre.
A día de hoy, cuando cumple 50 años, nadie pone en duda su grandiosidad, fruto de una cuidada producción que se inicia con la vendimia manual y una separación de las mejores bayas en una mesa de selección. Este celo y esmero continúa en el despalillado y molturado, ambos muy suaves, para no romper ni dañar el hollejo. De ahí, la pasta de vendimia se encuba en depósitos de acero inoxidable, donde fermenta por separado a partir de levaduras autóctonas a una temperatura controlada entre 28 °C y 30 °C. No se pueden pasar por alto tampoco las maceraciones, donde se cede todo el carácter, color y aromas a Sassicaia. Este proceso, donde el vino permanece en contacto con la piel de la uva, durará entre 11 y 12 días y será acompañado de otras acciones, como los remontados o los délestages (acción que consiste en trasegar el vino de un depósito a otro dejando el sombrero en el interior, para después devolver ese vino al depósito inicial, rompiendo la masa de hollejos). Por último, Sassicaia termina de redondearse con una fermentación maloláctica espontánea en depósitos de acero inoxidable. Tras esto, Sassicaia se trasiega a barricas de roble francés (un tercio de madera nueva y el resto, primer y segundo uso) procedente desde los bosques de Allier y Tronçais, donde reposa durante 24 meses de crianza. El ensamblaje y toque final se realiza un mes y medio antes del embotellado, donde aguardará ansioso un breve período de tiempo antes de su comercialización.