Hay palabras que se usan tanto que acaban perdiendo fuerza. Especial, por ejemplo. Hoy todo es especial: una cena, un plan, hasta un martes cualquiera. Pero en el mundo del vino —cuando se usa de verdad— significa otra cosa. Significa que algo ha pasado. Significa que no se va a repetir fácilmente. Y eso es exactamente lo que ocurre con Viña Alberdi Selección Especial Reserva.
Aquí lo de “especial” no es marketing, es historia. Y además, por partida doble.
Por un lado, porque La Rioja Alta es de las pocas bodegas de Rioja que no da nada por sentado. Hay años en los que directamente decide no elaborar ciertas categorías si la cosecha no está a la altura. Así de claro. Y cuando algo realmente destaca, lo señala. Lo marca. Lo separa del resto con esa coletilla casi mítica: Selección Especial.
No es una etiqueta que se use a la ligera. De hecho, hay que remontarse a 2001 —una de esas añadas que los aficionados aún recuerdan con brillo en los ojos— para ver el estreno de esta distinción en Viña Alberdi. Han tenido que pasar más de 20 años para que vuelva a aparecer. Y eso ya dice bastante.
Pero hay más.
La añada 2021 no solo recupera el “Selección Especial”, sino que además llega al mercado como Reserva, algo inédito en este vino, que habitualmente se comercializa como crianza. ¿Confuso? Un poco. ¿Interesante? Mucho. Porque, más allá de las categorías, lo que está pasando aquí es que Viña Alberdi sube de nivel.
Y lo hace sin perder su esencia.
Porque si algo define a esta casa —fundada en 1890 en el corazón de Rioja— es su fidelidad a un estilo. Un estilo que no entiende de modas y que se caracteriza por su elegancia, equilibrio y capacidad de guarda. Viñedos situados en Rodezno y Labastida, a unos 500-600 metros de altitud, con suelos arcillo-calcáreos y cepas de más de 40 años.
En bodega, el proceso sigue siendo casi ritual. Vendimia manual, doble selección —en campo y en mesa óptica— y fermentaciones naturales. Y luego, la crianza durante 24 meses en barricas de roble americano, fabricadas por la propia bodega. Primero nuevas, luego más usadas. Y entre medias, uno de esos gestos que ya casi no se ven, las trasiegas tradicionales, realizadas a mano. Sin prisas, sin filtros agresivos, dejando que el vino se afine por sí mismo.
Todo esto da como resultado un Viña Alberdi que reconoces… pero que va un paso más allá. Más intenso, más profundo, más persistente. Un vino que mantiene esa facilidad de trago que lo ha hecho famoso, pero con una capa extra de complejidad que lo eleva.
En resumen, no todos los “especiales” son iguales. Y este, desde luego, no es uno más. Es de esos que aparecen cuando todo encaja —la viña, el clima, el tiempo y las decisiones— y que, cuando vuelven, recuerdan por qué merece la pena esperar.