En Rioja, a los pies de la Sierra de Cantabria, hay una pareja que decidió hace más de tres décadas que el vino no era solo cuestión de hacer, sino de pensar. Abel Mendoza y Maite Fernández fundaron su bodega en 1988 con un propósito casi revolucionario para la época: escuchar a la tierra. Empezaron modestos, con un vino joven. Pero no tardaron en comprender que el verdadero viaje estaba en interpretar cada parcela, cada variedad, cada cambio del clima.
Tal y como dice el propio Abel: “Hagamos los mil y un vinos de Rioja”. Porque la diversidad no es moda, es realidad: no sabe igual un tempranillo de Alfaro que uno de Briñas o Laguardia. Cada rincón tiene su voz. Y cada viticultor, su compromiso.
Con 18 hectáreas de viñedo que cuidan como si fuera un jardín secreto, cultivan mayoritariamente tempranillo (16 ha) pero también hay pequeñas joyas de garnacha y graciano, y de variedades blancas (malvasía, macabeo, tempranillo blanco, torrontés, garnacha blanca).
Abel Mendoza 52-60 nace en un rincón muy concreto. Procedente de media hectárea en el paraje Mondiate, Labastida, allí conviven cepas viejas de tempranillo, graciano, garnacha tinta y blancas (garnacha blanca, malvasía, viura…). Todo sobre un suelo de arenisca roja que imprime carácter. En bodega, los racimos se despalillaron a mano, grano a grano y después pasan 13 meses en un foudre de roble francés.
Abel Mendoza 52-60 es la prueba de que en Rioja cabe la diversidad, la interpretación y el origen. Un Rioja que huele a tierra y a historia, que sabe a futuro y a compromiso.