Artuke, de la mano de su enólogo Arturo Miguel
Llegamos a Baños de Ebro, corazón verde del País Vasco. Aquí no hay alfombras rojas ni salones de cata. Aquí se viene a pisar barro, literalmente. Hoy toca mesa plegable, dos sillas y lo más importante: una conversación de verdad con Arturo Miguel, alma de Artuke, uno de los proyectos más personales y vibrantes de la nueva Rioja.
Llegamos el viernes 16 de mayo, justo cuando suenan petardos de fondo. Es San Isidro, patrón del campesino. Y cómo no, Arturo tiene comida con la cuadrilla del pueblo. “Antes se hacía misa”, dice entre risas. “Pero como ahora nadie va a misa... luego se quejan si las cosas van mal”, suelta con ese humor vasco, afilado y directo. Así arranca una charla de las que enganchan y no sueltan.
Subimos hasta Finca de los Locos, una de las parcelas más altas y singulares de Artuke. Las vistas quitan el aliento, pero la historia lo hace aún más. Cuando el abuelo de Arturo compró esta finca, todos en el pueblo pensaron lo mismo: “Está loco”, de ahí el nombre. Suelo pobre, acceso complicado, uva blanca… “Decían que ahí no iba a tener nada de suerte. Y ahora… ahora es un lujo”, dice Arturo, mientras señala una viña donde tempranillo, graciano y viura conviven como antaño. Todo cultivado, vendimiado y fermentado junto, como se hacía antes, sin complejos.
De lo aprendido a lo vivido
Arturo es hijo y nieto de viticultores. Durante décadas, su familia vendía vino a granel, como tantos en Rioja. Pero en 1991, su padre decidió cambiar las reglas del juego y embotellar con marca propia. Así nació Artuke, acrónimo de sus dos hijos: Arturo y Kike.
Arturo fue el primero en tomar el relevo en 2009; Kike se sumó en 2011. Llegaron con formación universitaria y muchas ideas nuevas. Pero, como tantas veces, fue al volver a casa cuando empezó el verdadero aprendizaje.
“Salí de la universidad de enología con la cabeza llena de vinos Parker: estructura, barricas pequeñas, extracción... Pero me di cuenta de que lo más revolucionario era mirar atrás. Volver a lo esencial. A lo nuestro.” Por eso recuperó prácticas olvidadas como mezclar variedades, fermentar en hormigón, usar barricas grandes… “Si mi abuelo se levantara, diría: ‘¡Pero si no habéis inventado nada!’”, suelta entre carcajadas.
El pasado, lejos de ser un freno, se ha convertido en brújula. Incluso en lo que se refiera a instalaciones. “Si hubiese ampliado la bodega recién salido de la universidad, habría construido en mitad del viñedo”, confiesa. “Hoy sé que crecer con sentido es hacerlo desde lo que ya existe. Por historia. Por respeto. Por coherencia.”
Un defensor del paisaje
Puede que la familia Miguel no forme parte de las grandes sagas del vino español, pero Artuke se ha ganado su sitio —y de los buenos—. ¿El secreto? Embotellar el sabor real de un paisaje.
Y lo hace desde el más profundo compromiso “Cuando mi hijo mayor nació con alergias, me replanteé todo. Empecé a mirar qué comíamos, cómo cultivábamos… y entendí que había que cambiar. Lo ecológico no es una moda, es el único camino. Si queremos que este paisaje exista dentro de treinta años para nuestros hijos, no hay otra.”
Arturo habla con calma, pero cada frase lleva peso. Sabe que Rioja es diversa y compleja, y que no puede reducirse a un único modelo. “Solo apoyando a los pequeños que viven pegados al viñedo, podremos defender y dar voz a este territorio.”
Se define con humor como un “viejoven”. Pero es de los que cree en las nuevas generaciones. En jóvenes formados, viajados, que deciden volver. Y, sobre todo, que valoran lo suyo. “Eso es clave”, dice.
De ahí nace Rioja’n Roll, un colectivo de pequeños productores unidos por una forma distinta de entender el vino: con identidad, con raíces, con alma. “Somos cosecheros del siglo XXI”, resume Arturo. “Estamos en la viña, en la bodega y en el mercado. Pero hacerlo todo solo da vértigo. En Rioja’n Roll nos arropamos. Nos ayudamos. Porque si vas solo, vas rápido. Pero si vas acompañado, llegas más lejos.”
Y no se queda ahí. También es presidente de Futuro Viñador, una red nacional que agrupa bodegas familiares con una misión clara: defender el oficio, cuidar el territorio y apostar por una viticultura honesta y con futuro.
Brindis con sentido
Llegados a este punto, la conversación se adentra en el momento actual del vino.“Sí, hoy se bebe menos vino. Pero si la gente supiera todo lo que hay detrás de una botella, lo valoraría mucho más”, reflexiona Arturo. No suena a queja, sino a invitación. A mirar de cerca. A entender el origen.
Nuevas herramientas como las redes sociales han ayudado a mostrar lo que antes se quedaba entre bastidores. Pero aún falta cultura, falta educación, faltan historias como esta, que conecten a las personas con lo que hay dentro de la copa.
Por eso, la visita termina como debe: en su casa, con una botella de La Condenada abierta sobre la mesa. Un tinto que ha puesto a Artuke en el radar de los críticos más exigentes del mundo. Pero que, más allá de medallas, sabe exactamente a lo que Arturo defiende: pasión, autenticidad, raíces y futuro.
No hay mejor forma de cerrar este viaje. Aquí no hay poses. Hay barro. Hay verdad. Y sobre todo, hay alma.