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La influencia de la altura en el vino

La influencia de la altura en el vino

¿Alguna vez te has preguntado por qué algunos vinos tienen esa frescura y vitalidad que parecen despertar tus sentidos? La respuesta puede estar… ¡en las alturas! Los vinos de montaña, aquellos que nacen de viñedos situados entre 500 y más de 3.000 metros sobre el nivel del mar, tienen secretos que van mucho más allá de la cepa o el terruño.

A mayor altura, menor temperatura. Un pequeño descenso de un grado cada cien metros puede transformar por completo el carácter de un vino. Este frescor natural ralentiza la maduración de la uva, equilibrando azúcar y acidez, potenciando aromas y concentrando sabores, todo mientras mantiene una acidez que da vida y frescura al vino.


Pero eso no es todo. Las viñas de altura disfrutan de una mayor amplitud térmica: días cálidos y noches frescas ayudan a las uvas a desarrollar una maduración óptima, logrando vinos con color más intenso, notas de fruta madura, taninos presentes y un perfil aromático más definido. Además, el aire circulante ayuda a mantener la vid sana, reduciendo enfermedades y hongos.

Claro que no todo es un paseo por las nubes. Las grandes alturas traen retos: menos oxígeno, riesgo de heladas, granizo o fuertes vientos, y la inversión para terrazas y cuidados especializados es elevada. Además, no todas las variedades se adaptan a estas condiciones extremas.


Los viñedos más altos del mundo son casi de récord: en el Tíbet, a 3.563 metros sobre el nivel del mar, se cultivan uvas que desafían las leyes de la gravedad y la climatología. Argentina también presume de sus vinos de montaña, con viñedos que alcanzan hasta 3.300 metros.

Así que la próxima vez que descorches una botella, piensa que quizá estés bebiendo un pedacito de cielo. Porque, en el mundo del vino, la altura no solo se mide en metros… ¡sino en sabor!

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