Descubriendo a Dani Martín, director técnico de Bodega Los Bermejos
Lo llaman “el viñedo de lo imposible”. Y no es exageración. Cultivar en Lanzarote, en las Islas Canarias, es negociar constantemente con el clima, el agua y la lógica. Allí, entre hoyos negros y muros de piedra que parecen dibujados a mano, trabaja Dani Martín, director técnico de Bodega Los Bermejos, un tipo que habla de viñas como quien habla de familia. Porque, en su caso, lo es todo un poco…
De pura cepa, nunca mejor dicho. Nació en Tinajo, un municipio dentro del Paisaje Protegido de La Geria, en una casa donde el vino no era tendencia ni hobby: era pura rutina. Su padre trabajaba en el campo, aunque durante un tiempo —empujado por el auge del turismo— cambió la tierra por la construcción. Pero lo esencial nunca se fue.
Creció entre viñas y, como suele ocurrir cuando la tierra llama, acabó volviendo a ellas. Estudió Enología en Cádiz, pasó por gigantes como Vega Sicilia y recaló en Los Bermejos para hacer prácticas. Y aquí se quedó. Porque al final, la cabra tira al monte.
“Una bodega es una bodega”, dice, “pero lo de aquí fuera es único”. Y no es una frase hecha. Cuando piensas en Canarias, piensas en Lanzarote. Pero cuando entiendes el vino, comprendes que en La Geria se juega en otra liga. Un paisaje esculpido por las erupciones volcánicas y reinventado por los campesinos, que transformaron un territorio hostil en un viñedo único en el mundo.
Entre vendimias y raíces
Dani acaba de ser padre, y la baja se le terminó justo en julio, cuando arranca la vendimia. Sin pausa. Dos crianzas a la vez: la familiar y la profesional. Y en ambas hay algo en común: paciencia, intuición y mucho amor. Quizá por eso su discurso se aleja del manual. Habla más de desaprender que de saber. De quedarse con el “libro viejo” heredado de su padre y con los consejos de viticultores que llevan 70 años peleando con la isla. Aquí, insiste, es otro mundo. Uno donde cada cepa se cuida como si tuviera nombre propio.
El viento alisio trae esa salinidad que luego aparece, sutil pero inconfundible, en cada sorbo. Pero también castiga. Sopla fuerte, rompe, obliga a levantar muros semicirculares que protegen las viñas como refugios lunares. Y en ese paisaje extremo, las cepas sobreviven en pie franco, ajenas a la filoxera que nunca logró instalarse aquí.
Una botella por cepa
La joya de la corona es la malvasía volcánica. Una variedad única, con una mineralidad irrepetible y una producción bajísima. Apenas una botella por cepa. Literal. Vinos con ese punto salino que te empuja a volver a la copa casi sin pensarlo.
“Soy un enólogo malísimo porque no hago nada”, bromea Dani. Pero no cuela. Porque para no hacer nada hay que saber mucho. Y sentirlo. Lanzarote no es solo volcán; hay matices, microterroirs, suelos que cambian completamente el carácter de la uva. Y él se los conoce todos.
Hoy, encontrar una botella de Bermejo en una carta de Nueva York ya no sorprende. Y para Dani no es solo un logro profesional; es una pequeña victoria local. Aun así, el 80% de la producción se queda en Canarias y las cosechas siguen siendo cortas. Aquí, nada sobra.
El lujo de lo esencial
Incluso las botellas cuentan una historia. Con ese diseño peculiar que recuerda al aceite italiano, fueron pensadas para destacar, pero también para adaptarse a la hostelería y reducir al mínimo la huella de carbono. Aquí todo se mide. Todo se optimiza. Porque el lujo, en este contexto, es la eficiencia.
El cambio climático aprieta en todas partes, pero aquí se siente antes. Aun así, Dani lo vive con naturalidad. Es parte de la identidad de la isla. Habla de cultura del agua recordando a su abuela que hervía papas y esa misma agua pasaba a la vecina para seguir cocinando. Nada se perdía. Todo se aprovechaba. Esa mentalidad sigue viva en el viñedo.
Y es por eso mismo que el futuro pasa por entender mejor la isla. Probar con variedades autóctonas como la Diego, experimentar con materiales como el hormigón o la cerámica, pero, sobre todo, escuchar el viñedo. Porque en Lanzarote el vino no se fuerza. Se entiende. Y Dani Martín parece tener claro el idioma.