Descubriendo la DO Ribera del Duero de la mano de su presidente, Enrique Pascual
Hay figuras que encarnan un territorio. Enrique Pascual es una de ellas. Más de una década al frente del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Ribera del Duero lo respalda, pero su vínculo con el vino viene de mucho antes, forjado entre viñas, heladas y vendimias. Viticultor, bodeguero y presidente: tres perspectivas que convergen en una misma obsesión, elevar —sin perder la esencia— uno
Desde Fuentelcésped, en Burgos, donde se levanta Bodegas Pascual, ha sido testigo privilegiado de una transformación vertiginosa en términos históricos. Porque si bien la DO Ribera del Duero nació en 1982, la cultura vitivinícola de la zona hunde sus raíces más de mil años atrás. Como él mismo resume: “Somos jóvenes como denominación, pero con una tradición milenaria”. Y es precisamente en ese equilibrio entre juventud institucional y sabiduría ancestral donde reside buena parte de su identidad.
Crecer sin perder el alma
Esa dualidad entre pasado y futuro se materializa incluso en la propia sede del Consejo Regulador, en el municipio de Roa. Un edificio histórico —que fue monasterio, hospital y cuartel de la Guardia Civil— convive con una arquitectura contemporánea de líneas geométricas y atrevidas. En su interior, la historia del vino en la región se despliega desde siglos atrás. Nada más cruzar la recepción, una ordenanza del siglo XIII enmarcada recuerda cómo ya entonces se protegían los viñedos del pastoreo de la Villa de Roa.
Nada es casual. Todo forma parte de un relato que busca poner en valor el territorio. Y no es una tarea sencilla. “Conseguir que se reconozca un territorio cuesta mucho”, admite. Requiere coordinación, conocimiento profundo del sector y, sobre todo, una visión compartida.
El viñedo como origen de todo
En Ribera del Duero, todo nace en el viñedo. La altitud, los suelos pobres y el clima extremo no regalan nada, pero bien gestionados lo dan todo. “La climatología y el suelo, junto con la exigencia, nos hacen únicos”. Esa exigencia —casi obsesiva— ha sido clave en el posicionamiento de la denominación. En un mercado global cada vez más competitivo, Ribera del Duero ha elegido el camino determinante de priorizar la calidad por encima de todo. Y Pascual lo resume sin rodeos: “Somos uno de los consejos muy exigentes, y eso es lo que nos ha colocado arriba”. Hoy, el consumidor —dentro y fuera de España— identifica Ribera del Duero como sinónimo de calidad. “Saben que no fallamos”, afirma con rotundidad.
Pero esa misma exigencia es la que impide caer en la complacencia. El reconocimiento no es un punto de llegada, sino un impulso para seguir avanzando. “Todavía queda mucho camino por recorrer”, especialmente en el ámbito internacional. El mercado nacional responde con solidez, pero el verdadero reto está en seguir creciendo más allá de nuestras fronteras.
Albillo Mayor: el secreto mejor guardado
En ese proceso constante de evolución aparece una protagonista silenciosa que empieza a reclamar su espacio: la variedad albillo mayor. Aunque Ribera del Duero es mundialmente reconocida por sus tintos, este blanco representa una de las apuestas más interesantes de su futuro inmediato.
Su incorporación oficial no ha sido sencilla. Ha requerido años de ajustes legislativos y consenso dentro del sector. Sin embargo, hoy se perfila como una auténtica joya enológica. Históricamente, el albillo mayor se utilizaba como variedad de mezcla junto a la tempranillo, aportando frescura a los tradicionales claretes. Ahora, su capacidad para expresar el terroir de la Ribera del Duero con una personalidad inesperada, la elevan a una categoría propia. Suelos calcáreos, altitud y clima extremo se traducen en vinos de frescura vibrante, estructura elegante y una profundidad que sorprende incluso a los más conocedores.
Pascual lo explica con sencillez: “De primeras no parece gran cosa, pero bien trabajada es muy agradecida”. En esa frase se condensa toda una filosofía; la de un territorio que aún tiene mucho por mostrar.
Quizá esa sea la verdadera clave de Ribera del Duero. Una combinación de orgullo y humildad. Orgullo por lo conseguido en apenas cuatro décadas; humildad para seguir aprendiendo, ajustando y creciendo.
Y en ese equilibrio —exigente, dinámico, vivo— sigue escribiéndose su historia. Una historia que, como sus mejores vinos, todavía tiene mucho recorrido por delante.