Montalcino no es un lugar cualquiera. Es una fortaleza medieval suspendida en el tiempo y rodeada de colinas que parecen diseñadas para la viticultura. Desde la Edad Media, este enclave toscano ha sido un bastión estratégico y cultural, y hoy su nombre es sinónimo de uno de los vinos más aclamados del planeta. Aquí el sangiovese no es solo uva: es identidad, patrimonio y culto al detalle.
Y en el corazón de este santuario enológico, se encuentra un apellido que lleva siglos resonando: Ciacci Piccolomini d’Aragona. Ubicada entre las onduladas colinas de Montalcino, la propiedad perteneció a dos históricas familias italianas y desde 1983 es gestionada por una nueva generación que ha mantenido la esencia, pero ha puesto la vista en el futuro.
Entre sus tesoros más preciados brilla Ciacci Piccolomini Riserva Santa Caterina d'Oro, una joya que nace en los viñedos de Pianrosso, situados entre 240 y 360 metros de altitud. Apenas 11,69 hectáreas donde solo se eligen las uvas más extraordinarias, porque la grandeza no admite atajos. Elaborado exclusivamente con sangiovese, este vino fermenta en acero inoxidable a temperatura controlada para preservar cada matiz, y luego envejece pacientemente durante más de tres años en grandes barricas de roble de Eslavonia, antes de reposar más de doce meses en botella.
Riserva Santa Caterina d’Oro es un capítulo de la historia de Montalcino embotellado. Aquí, la tradición no pesa, se celebra. Aquí, la nobleza no se exhibe, se bebe.