Si por algo se reconoce la Maison Franck Bonville es por sus champagnes de chardonnay finos, elegantes y con ese inconfundible toque a brioche. Una casa centenaria que ha ido ganando prestigio gracias a la pasión y visión de cuatro generaciones, cada una dejando su huella en la historia de esta emblemática bodega.
Todo comenzó en 1900, cuando Alfred Bonville, en plena recuperación de la crisis de la filoxera, apostó por parcelas estratégicas en Champagne, sentando las bases de un legado familiar que perdura hasta hoy. Tras la Segunda Guerra Mundial, su hijo Franck Bonville amplió los viñedos y lanzó las primeras cuvées bajo su propio nombre, consolidando la identidad y reputación de la maison.
En 1970, la tercera generación, con Gilles Bonville y su esposa, modernizó la bodega, sustituyendo toneles antiguos por depósitos de acero y, más tarde, por acero inoxidable, sin renunciar a la esencia artesanal que distingue a Franck Bonville. Finalmente, en 1996, Olivier Bonville se incorpora a la casa, aportando una mirada contemporánea pero fiel a la tradición, cuidando los viñedos con respeto por el medio ambiente y perfeccionando el estilo que define a la casa.
Hoy, la casa se extiende por Cramant, Avize, Mesnil-sur-Oger y Oger, con 20 hectáreas Grand Cru, y su sello sigue siendo la tipicidad y la precisión de sus champagnes.
Un ejemplo brillante de este legado es Franck Bonville Les Belles Voyes Oger, nacido en una pequeña parcela Grand Cru plantada entre 1920 y 1930. Elaborado 100% con chardonnay, prensado por separado y fermentado en barricas de roble para respetar la expresión de la uva, y con un dosage de apenas 2,5 g/L, este champagne encarna la filosofía de Franck Bonville. Es decir, un champagne de terroir, refinado, intenso y fiel a cuatro generaciones de viticultores.