En el vino, como en la vida, lo emergente no siempre brilla a primera vista. Las verdaderas figuras que marcan el futuro no salen de laboratorios de marketing ni pisan alfombras rojas. Nacen en la tierra, entre callos, intuición y resistencia. Son gente que no busca ser tendencia, sino verdad.
Pedro Méndez es uno de ellos. Uno de esos viticultores que no están aquí para hacer ruido, sino raíz. Desde el corazón del Valle del Salnés, en Galicia, este joven gallego ha construido su camino recuperando viñas abandonadas y dando nueva voz a variedades autóctonas. Trabaja fuera de la Denominación de Origen Rías Baixas, no por rebeldía, sino por fidelidad de la idea de dejar que el vino hable sin filtros, sin atajos, sin maquillaje.
Y Pedro Méndez As Abeleiras es su vino más íntimo. El primero que plantó junto a su padre en 1996. Una pequeña parcela en Meaño, a solo 100 metros de altitud, donde el suelo de xabre (granito descompuesto) y arcilla se funde con la brisa salada del Atlántico. Allí nace un albariño que no pretende encajar en moldes. Su singularidad es su fuerza.
En el viñedo el cultivo es y la vendimia es manual. En bodega, el despalillado es suave, la maceración con los hollejos durante 12 horas y la fermentación espontánea en depósitos de acero inoxidable, sin maloláctica. Después, el vino cría sobre lías durante 10 meses (un 25% en barrica de roble francés, el resto en acero). No hay clarificado, ni estabilización tartárica. Solo un filtrado leve y la dosis justa de sulfuroso para conservar la frescura sin restar identidad.
No todos los días nace un vino así, ni un proyecto como este, por eso, cuando alguien te hable de las nuevas generaciones en el vino, recuerda este nombre. Pedro Méndez As Abeleiras es un vino que vibra con tensión mineral, elegancia, profundidad y textura.