Passvinho no es una feria de vino al uso, ni un escaparate de grandes nombres con discursos solemnes y copas en alto como si todo estuviera ya escrito. Es otra cosa. Más cercana, más humana, más real. Un encuentro de pequeños productores independientes que comparten una idea sencilla pero poderosa: cuidar la tierra, trabajar el vino con las manos y crecer juntos sin perder el alma por el camino.
Entre ellos están Catarina Bento y David Prata, de Salta Muros. No provienen de familias tradicionales del vino ni de apellidos con historia en el sector. Llegaron a los viñedos de una propiedad familiar en Miuzela, en Beiras (Portugal), un pequeño pueblo a 800 metros de altitud, junto al río Côa, y allí empezaron a construir su propio camino.
El lugar no lo pone fácil, ni lo pretende. Viñas viejas, mezclas de variedades que incluso los vecinos no siempre saben identificar, pequeñas parcelas entre muros de piedra, bosques y pastos. Un paisaje fragmentado, casi salvaje, pero lleno de memoria.
En esta tierra de la Beira Alta, los suelos son graníticos y arenosos, y las viñas superan en muchos casos los 50 años. Todo ello, unido a una gran amplitud térmica y a una brotación lenta, da lugar a vinos ligeros, frescos, casi etéreos, que se beben con facilidad, pero nunca con falta de carácter.
Salta Muros Tinto resume muy bien su filosofía. Nace de esas parcelas antiguas de Miuzela, con mezclas tradicionales de variedades tintas locales como rufete y bastardo, vendimiadas a mano y trabajadas con una intervención mínima en bodega.
La vinificación es sencilla en concepto, pero muy precisa en sensibilidad: fermentación espontánea con levaduras autóctonas, maceraciones suaves para evitar sobreextracciones y una crianza de unos 10 meses en barrica, sin buscar enmascarar la fruta ni el origen.
Ágil, fluido y con una identidad muy marcada, Salta Muros Tinto refleja a la perfección lo que Passvinho quiere poner en valor: pequeños proyectos que trabajan con honestidad, escuchando la tierra y dejando que sea ella quien marque el ritmo.