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Descubriendo a Alejandro Muchada de Muchada-Léclapart

25/02/2026 Entrevistas
Descubriendo a Alejandro Muchada de Muchada-Léclapart

Hay personas que, sin proponérselo, te atrapan de inmediato. Alejandro Muchada es de esas personas. Humano, sensible, con una calma que invita a escuchar y una pasión que contagia sin alardes.

Arquitecto de formación, observador por naturaleza, tiene su propia manera de contar lo que hace. Habla con tranquilidad, con entusiasmo sereno, y dejando que las ideas fluyan como lo hace el campo al que dedica su vida.

Y así, casi sin quererlo ni beberlo, un día se encontró vendimiando, con las manos en la uva y la cabeza llena de preguntas, junto a un tal David. Un David que no era otro que David Léclapart, uno de los grandes nombres del vino contemporáneo. No hubo discursos grandilocuentes ni fuegos artificiales. Solo trabajo, tierra y una conexión total que, sin saberlo, marcaría un antes y un después: Muchada-Léclapart.

De la arquitectura al viñedo, una pasión que se contagia

Los imanes se atraen. Los disfrutones también. Alejandro y David comparten una forma de entender el vino como un acto de placer y conciencia, una celebración de la vida que empieza en el campo y termina en la mesa. Para Alejandro, la base de cualquier desarrollo —económico, social y ambiental— es la agricultura, y fue allí donde decidió buscar sentido a su camino.


Dejó atrás planos y estructuras para adentrarse en un mundo donde el tiempo se mide en estaciones y las decisiones se toman con las manos en la tierra. Un tránsito natural, casi inevitable, guiado más por la intuición que por el cálculo.


Menos técnica, más sensibilidad

Su aprendizaje no fue lineal. Viajó, cooperó en Marruecos, vivió experiencias iniciáticas ligadas a la biodinámica en Francia y se empapó de entornos creativos y muy vivenciales. Todo ello le enseñó que es esencial escuchar a la naturaleza antes que imponerle una técnica.


Su verdadera escuela ha sido el campo y quienes lo trabajan. Agricultores sabios, maestros de vida, que saben de viña y de tiempo. Los pequeños detalles importan y cada cepa de palomino antiguo es un tesoro vivo, conservado con respeto y humildad. 


Alejandro lo tienen claro; ser vigneron significa estar presente, no delegar, percibir y confiar. Menos cantidad, más calidad; menos ego, más naturaleza. 

Un lugar único: sol, atlántico, albariza y palomino

Pero si este proyecto se ha convertido en un proyecto de culto, es porque Alejandro y David se han salido de la norma, lejos de los vinos generosos típicos, para mostrar la pureza y simplicidad de un terroir único. El sol del sur acaricia las viñas, la brisa del Atlántico las refresca y el suelo de albariza, claro y joven, aporta la salinidad. A todo ello se le suma la palomino, variedad única que refleja maravillosamente la fuerza y el carácter del terruño.


Pero lo más especial no es solo el clima, el suelo o la uva. Es la cultura vitivinícola que ha permanecido viva durante siglos, cultivada sin interrupción. Cada cepa guarda historias y un legado que llega intacto hasta la copa. Alejandro y David buscan recuperar y celebrar ese patrimonio, desde su propia mirada fresca, honesta y directa.


A Alejandro se le iluminan los ojos cuando habla del viñedo. Cuatro hectáreas que muestran clima, suelo y cruces de culturas. Sus manos son de currante de verdad. Y cada sorbo de sus elaboraciones recuerda que menos es más, que beber con consciencia es sentir el vino como una expresión honesta de la tierra, de quienes la trabajan y del placer de compartirla.