Descubriendo a Bertrand Sourdais de Dominio de ES
Entrevistar a Bertrand Sourdais no es fácil. Llega con la energía de quien siempre anda inmerso en varios proyectos a la vez y apenas hace falta lanzar la primera pregunta para que la conversación eche a andar. Una idea conduce a otra, una anécdota desemboca en una reflexión y, casi sin darte cuenta, ha respondido a todo lo que querías saber y mucho más.
Un torrente de conocimiento, recuerdos y convicciones retratan a un hombre incapaz de separar el vino de la vida. Y todo ello aderezado con expresiones que sorprenden en un francés nacido en el Loira. Habla de ser un "culo inquieto", de "meterse en fregados" o de tener siempre "líos entre manos" con la naturalidad de quien lleva media vida en España. Es difícil no dejarse contagiar por su entusiasmo.
Hace ya 25 años que este francés llegó a la Ribera del Duero soriana. Lo hizo de la mano de Álvaro Palacios, a quien admira por esa capacidad, como él mismo dice, de atravesar muros para mostrar al mundo lo que realmente es el vino español.
La lección de Soria
"Llegué pensando que era el rey... y descubrí que no tenía ni idea". Bertrand Sourdais no esquiva la autocrítica. Llegó a la Ribera del Duero soriana con apenas 23 años, una sólida formación enológica y experiencia en algunas de las mejores bodegas. Creía que tenía las herramientas necesarias para elaborar grandes vinos, pero la primera vendimia, en el año 2000, se encargó de recordarle que el viñedo siempre tiene la última palabra. Aunque sabía muchísimo... el vino no fermentaba. Aquella experiencia fue una lección de humildad. "La agricultura siempre acaba poniéndote los pies en el suelo", resume.
Sin embargo, aquel aprendizaje no significó abandonar la sensibilidad que traía del Loira. Al contrario, su mirada fue precisamente una de sus grandes aportaciones. Llegó a una Ribera del Duero donde predominaban los vinos de potencia y estructura, mientras él defendía una interpretación más ligera, fresca y elegante, inspirada en la tradición de su tierra natal. Eso sí, antes tuvo que aprender a escuchar el lugar que tenía delante. "Todo lo que me enseñaron en la universidad tenía poco que ver con el legado que encontré aquí".
Con el tiempo comprendió que ese legado era el verdadero tesoro de Soria. Un patrimonio de viñas viejas, paisajes y conocimiento acumulado durante generaciones. Su trabajo consistió en unir ambas miradas, dejando que el clima, la altitud y esas cepas antiguas se expresaran con mayor precisión, sin perder nunca la identidad del territorio.
El tesoro que casi nadie veía
Sourdais habla de Soria con una mezcla de admiración y gratitud. La llama "mi Soria". Y quizá precisamente porque durante décadas fue una tierra olvidada, conservó algo que hoy resulta extraordinario. Mientras en otros lugares se arrancaban viñas antiguas para plantar variedades más productivas, aquí apenas hubo transformación. El abandono terminó convirtiéndose en una ventaja; el patrimonio vitícola permaneció intacto. Tal y como el mismo dice: "tener un pie en el pasado da un sabor diferente en un mundo que va demasiado deprisa".
Y es que si hay algo que obsesiona a Bertrand más que el suelo es el clima. Para él, ahí está una de las claves de Soria. Situada entre el Sistema Ibérico y el Sistema Central, la zona cuenta con dos grandes barreras naturales que funcionan como un particular sistema de regulación térmica. "Tenemos un aire acondicionado gratis. A veces sale un poco caro…, pero es gratis".
Las heladas, las diferencias térmicas, la altitud o el viento forman parte del precio que hay que pagar por elaborar vino en este territorio. Pero precisamente esas condiciones extremas son las que permiten alcanzar una expresión única. Recuerda una enseñanza de su padre y de su abuelo: "La mejor expresión de una variedad aparece cuando está en el límite septentrional de su cultivo". Y para él, Soria representa exactamente eso; una frontera climática donde la viña debe esforzarse y, precisamente por ello, puede ofrecer su personalidad más auténtica.

Cada añada tiene nombre y apellidos
Escuchar a Bertrand Sourdais hablar de las cosechas es comprender hasta qué punto vive pendiente del viñedo. Recuerda con una precisión casi obsesiva cómo fue cada primavera, cuándo llegó una helada, qué ocurrió durante el verano o cómo respondió una parcela concreta después de una tormenta inesperada. Habla de cada añada como quien habla de un hijo, porque sabe que ninguna se parece a la anterior. Cada año el clima escribe una historia diferente sobre el viñedo y esa historia queda recogida en el vino.
Por eso habla de los vinos de cada año con la misma cercanía con la que otros recuerdan momentos de su propia vida. No busca que todas las cosechas sean iguales, sino que cada una conserve la memoria de lo que ocurrió en el viñedo. Para Bertrand, ahí reside la grandeza del vino; en su capacidad de guardar un paisaje, un clima y un instante irrepetible dentro de una botella. Y esa es la huella que encontramos en cada uno de sus vinos. Quizá por eso, cuando termina la conversación, da la sensación de que uno no solo ha descubierto a un gran elaborador, sino un hombre que llegó para hacer vino y acabó encontrando un lugar al que llamar hogar.