Descubriendo a Álvaro Palacios en la DOCa Priorat
Vamos a conocerle y, como no, los nervios van por dentro. No todos los días se tiene la oportunidad de entrevistar a uno de los grandes del vino. Todos te han dicho que la visita merece la pena, que es una experiencia única, que el personaje es especial. Pero aun así, cuando llega el momento, te quedas sin palabras.
Porque Álvaro Palacios es como un Peter Pan del vino: inagotable, entusiasta, con una energía que te contagia desde el primer instante. Habla, se emociona, salta de un tema a otro y vuelve al punto de partida con total naturalidad. Y hay algo que pronto se hace evidente; cualquier pregunta, tarde o temprano, acaba llevándole a la historia.
Palacios tiene un bagaje enorme y una memoria prodigiosa para el pasado del vino. Empieza hablando de una viña y, en cuestión de segundos, está evocando cómo se entendía el viñedo hace un siglo o cómo nacieron las grandes regiones europeas. En su discurso todo está conectado: tradición, paisaje y cultura forman parte de una misma conversación que lleva décadas estudiando, viviendo y reinterpretando. Esa mezcla de pasión, intuición y curiosidad permanente explica buena parte de lo que ha ocurrido en el Priorat en las últimas décadas.
Los visionarios del Priorat
Palacios forma parte de aquel pequeño grupo de visionarios —algunos dirían inconscientes, otros sabios— que en los años ochenta vieron algo que casi nadie más percibía: magia.
En aquella época, el Priorat, era un territorio duro, con laderas casi imposibles y olvidado con viñas abandonadas como tantas otras zonas vitícolas de España.. Ellos comprendieron algo fundamental: lo importante no era la bodega, era la viña.
Hoy esa idea puede parecer evidente, pero entonces era revolucionaria. El valor estaba en el paisaje, en las viejas cepas, en la energía de un territorio abrupto de pizarra y pendientes extremas. Las laderas son tan empinadas que moverse sin un 4x4 es casi imposible.“Estamos en Júpiter. O en Marte”, dice Álvaro mientras nos detenemos entre sus maravillosas viñas. No parece exageración.
La identidad de los pueblos
Los pueblos del Priorat tienen una personalidad propia, y esa identidad también se refleja en el vino. Palacios insiste en honrar el municipio.
“No se trata de copiar Borgoña”, recalca. Recuerda que tanto en el Priorat como en Rioja u otras zonas del país, antiguamente, las etiquetas primero mostraban el nombre del pueblo y luego el de la región, situando el vino en su lugar real de origen.
Recuperar el origen del vino es el objetivo del proyecto pionero de la DOCa Priorat: la clasificación “Los Nombres de la Tierra”. Álvaro explica que una buena clasificación es la que sigue los pasos de las grandes regiones vitivinícolas europeas. Así, cada vino refleja su nivel propio de identidad: desde el Vino de la DOCa Priorat, que refleja la personalidad genérica regional de la denominación, hasta el Vi de Vila, que transmite la tipicidad de un municipio; el Vi de Paratge, que expresa un carácter ligado a la orografía y al geoclima de una partida del municipio; la Vinya Classificada, fruto de viñas únicas con virtudes excepcionales; y la Gran Vinya Classificada, verdaderas joyas donde los caprichos de la naturaleza y una gran tradición se unen para crear vinos únicos de alcance sublime y de trascendencia espiritual.
Es un concepto que mira al futuro, pero que nace del pasado. Y es que en el Priorat cada parcela es distinta: cambia la orientación, la altitud, los suelos de llicorella, el viento, la luz… todo influye. Por eso el trabajo en la viña exige una sensibilidad extrema. Las producciones son pequeñas, y muchas veces, incluso, se siguen los ciclos de la luna. La viticultura aquí es totalmente artesanal.
“No bebo variedades, bebo lugares”, dice Palacios, y después de recorrer esas viñas que parecen sacadas de otro planeta, uno entiende perfectamente lo que quiere decir.
L’Ermita: la magia del Priorat
Si algo enamoró a Álvaro fue L’Ermita, un viñedo de apenas cuatro hectáreas que lo hizo tirarse de cabeza al Priorat.
“L’Ermita nos lo ha dado todo”, dice. Y al escucharlo, entiendes que no habla solo de vino —una de las joyas más exclusivas de la enología española— sino de la vida dedicada a comprender un lugar único. Este viñedo, catalogado como Gran Vinya Classificada, está ubicado en Gratallops, sobre laderas muy pronunciadas con orientaciones norte y este, entre 400 y 500 metros de altitud. Las viñas tienen entre 85 y 105 años y crecen sobre suelos de pizarra de estructura laminar verdosa en un conglomerado de cuarzo muy singular que dan esa gran personalidad al vino. Una personalidad que volvió a poner a esta región en órbita mundial, y lo hizo respetando su esencia, su historia y su gente.
Así que, después de recorrer las viñas, escucharle hablar y probar los vinos donde nacen, la sensación se hace inevitable. Todo lo que habías leído y oído sobre Álvaro Palacios y el Priorat —sus vinos, su revolución, su manera de entender el viñedo— finalmente cobra sentido.
Entonces todo encaja.
Ahora sí.
Ahora sí que puedo decirlo: es magia.