Descubriendo a Montxo Martínez, director técnico y enólogo de Vivaltus
“Más uvas, menos dramas”. La camiseta, tan sencilla como rotunda, no deja indiferente. Su dueño importó la idea de Argentina, un país al que ha viajado a hacer múltiples vendimias y donde cada cosecha se celebra con un diseño nuevo. Copió la costumbre porque encajaba a la perfección con su visión del vino, centrada en la naturalidad, la curiosidad y, como bien dice su camiseta, sin dramatismos.
Nos adentramos en la bodega y descubrimos que lleva una venda en un dedo. No es una pose de vendimiador heroico, sino el resultado de cortarse con un cuchillo mientras nos preparaba unas fresas para la bienvenida. Un detalle sencillo que demuestra la calidez y el entusiasmo con los que recibe a quien cruza su puerta.
Después nos conduce hasta lo que él llama, con una sonrisa, “mi capilla sixtina”. Es su zona de relax, pero también su laboratorio donde busca alternativas a la madera. Toda una osadía en una denominación como Ribera del Duero, donde la barrica de roble de 300 litros parece haber ejercido durante décadas una especie de poder omnipotente. Él, sin embargo, no reniega de la madera. Simplemente no quiere que sea protagonista.
Escuchar el territorio de la mano de un maestro
El proyecto nace del impulso del Grupo Yllera, saga familiar vinculada a la elaboración de vino desde hace generaciones, pionera en Rueda desde los 70 y presente en la Ribera del Duero desde los 80. En 2015 surgió la oportunidad de adquirir en Curiel de Duero una edificación que se había quedado inconclusa y que jamás había llegado a elaborar vino, ya que solo contaba con la infraestructura básica y los depósitos. La intención era clara, hacer un gran vino, y para ello contactaron con Jean-Claude Berrouet. El histórico creador de Petrus aceptó la propuesta tras meditarlo bien, fiel a su filosofía de colaborar con una sola bodega por país.
En ese camino, Berrouet se convirtió en una figura fundamental para Montxo, transmitiéndole una filosofía tan sencilla como exigente, volcada en emocionar sin perder jamás la esencia del origen.
Cuando llegó a Vivaltus, el enólogo francés comenzó por escuchar. Para ello, compró vinos de diferentes zonas y añadas para comprender el territorio y dio con una clave determinante. Notó que en algunas elaboraciones la madera dominaba de forma absoluta, mientras que en otras cedía el protagonismo. La búsqueda residía precisamente ahí.
“Jean-Claude es como un alquimista”, explica Montxo. Y no es una exageración. Durante cuatro intensas jornadas son capaces de encerrarse a trabajar los ensamblajes, oler los vinos fuera de contexto y debatir hasta dar con la combinación adecuada. Un proceso vivo que vuelven a redefinir un año después, demostrando que en Vivaltus nada está escrito en piedra.
Viñedo, bodega y gente
Toda la filosofía de Vivaltus se sostiene sobre tres pilares claros: el viñedo, la bodega y la gente.
El viñedo es el gran punto de partida y la verdadera alma de Vivaltus. En lugar de buscar una única finca homogénea, la bodega ha articulado su identidad seleccionando meticulosamente parcelas de viñedo viejo situadas a una altitud de entre 840 y casi 1.000 metros. Es en estas cotas elevadas, en pagos históricos situados en municipios como Fuentenebro, Anguix o la zona de Atauta, donde el viñedo de Vivaltus encuentra su frescura distintiva. Este mosaico de suelos (arenas, arcillas y calizas) y la diversidad de microclimas le permiten a Montxo moldear un ensamblaje complejo y equilibrado. Para él, la altitud no es solo un dato técnico; es el propio ADN del proyecto, la herramienta que les permite huir de la concentración excesiva y extraer la expresión más elegante y pura de sus uvas.
La bodega es el espacio donde esa materia prima se respeta y se explora. La experimentación continúa en la sala de crianza, donde apenas un 10% de los recipientes son alternativas a la madera, como silox, vidrio o tinajas. Aunque sea un porcentaje pequeño, representa una clara declaración de intenciones y explica por qué se atreven incluso con blancos de guarda, demostrando que la albillo de la zona tiene una gran capacidad de envejecimiento.
Y, por último, la gente. La parte humana que conecta el pasado con el futuro. “Tenemos que dejar a nuestros hijos las viñas mejor que como nos las dejaron nuestros padres”, resume Montxo para explicar una forma de trabajar centrada en la sostenibilidad y en el patrimonio vitícola. De esa misma dimensión humana nacen las alianzas entre familias, el aprendizaje en red tras sus estancias internacionales en Mendoza y el reconocimiento que ha recibido como mejor enólogo en los premios de Tim Atkin para Rueda.
Un galardón que le hace ilusión, pero del que prefiere no atribuirse todo el mérito. Antes que de sí mismo, habla de su padre, de quien aprendió todo lo que sabe, y de los viticultores de su pueblo, a quienes admira tanto como a los grandes nombres internacionales del vino.
Porque para él, el trabajo enológico es siempre colectivo y en continua evolución. “Vamos mejorando, pero el mejor vino está por llegar”. Una frase que, más que una promesa, es toda una forma de vida.