Descubriendo a Pedro Ruiz Aragoneses, CEO de Alma Carraovejas
Todo empezó con la necesidad de acompañar una mesa, una tradición familiar y una forma de recibir al mundo… Así nació Pago de Carraovejas. Con una idea muy concreta de crear el vino perfecto para acompañar el cochinillo del restaurante familiar José María, en Segovia. El restaurante era el gran escaparate, pero también el corazón del proyecto.
Hoy, casi cuatro décadas después, el proyecto liderado por Pedro Ruiz Aragoneses se ha convertido en un grupo amplio, diverso y reconocido dentro del vino español contemporáneo bajo la marca Alma Carraovejas. Pero hay algo que no ha cambiado: la emoción de hacer las cosas con sentido, identidad y cuidado por el detalle.
Un proyecto familiar convertido en sueño colectivo
Pedro Ruiz Aragoneses habla siempre en plural. “Somos”, “hacemos”, “creemos”. Nunca “yo”. Y en esa forma de expresarse se entiende buena parte del proyecto: una construcción colectiva.
Es el cuarto de cinco hermanos. Todos pasaron por el restaurante familiar, pero él fue el único que sintió una conexión especial con la bodega de Peñafiel, acompañando a su padre cuando era niño. En 2007 entró oficialmente en la empresa y hoy es CEO y consejero delegado, aunque relativiza los títulos. “Mi trabajo es definir hacia dónde vamos, cómo vamos y cómo lo vamos a hacer. Pero somos un equipo maravilloso. Es un sueño compartido”.
La cultura del detalle, la estructura interna y el cuidado de cada proceso son pilares esenciales del proyecto. “El equipo es el corazón”, repite. No como una consigna, sino como una forma real de entender que cada vino es la suma de muchas miradas.
De la psicología al vino
El vino no fue su primera vocación. Pedro estudió psicología y asegura que descubrir la psicología sistémica en tercero de carrera le cambió la vida. Esa disciplina, que observa cómo se relacionan las personas dentro de sistemas como familias u organizaciones, acabó marcando su manera de entender la empresa familiar.
Antes de asumir responsabilidades en la bodega con apenas 24 años, ya había pasado por Cruz Roja, una consulta propia como terapeuta familiar y de pareja, trabajo en protección al menor, docencia universitaria y colaboración con asociaciones sociales en Segovia.
Así que cuando entró en la empresa “Yo no sabía ni leer un balance”, admite entre risas. “Pero lo importante es escuchar mucho”. Esa capacidad de escucha, más propia de un terapeuta que de un directivo tradicional, fue clave para liderar un proyecto del que sabía poco en lo técnico, pero con el que conectaba profundamente en lo humano: aprender antes de imponer, observar antes de decidir.
Del crianza al vino de finca
El gran punto de inflexión llegó en 2015, cuando el proyecto abandonó la lógica clásica de crianzas y reservas para abrazar el concepto de vino de finca y de parcela en Pago de Carraovejas.
Viajar, catar y abrir la mirada a otros territorios llevó a la conclusión de que el centro debía ser el origen, no el tiempo en barrica. El paisaje, no la técnica.
“Había dos opciones frente a la escasez: crecer en volumen o crecer en calidad. Y lo tuvimos claro”, recuerda Pedro. Fue una decisión valiente en un momento en el que el mercado seguía pidiendo los vinos de siempre.
El cambio implicó más complejidad, más estudio del terreno y más coste, pero también una identidad mucho más definida. Así se consolidó Pago de Carraovejas como vino de finca, redefiniendo el mensaje, la etiqueta y la forma de entender el proyecto. “Pensamos más en el cliente de dentro de diez años que en el de hace diez”.
Quizá lo más cómodo habría sido seguir creciendo sobre lo ya consolidado, pero para Pedro “las cosas hay que tocarlas cuando funcionan. Cuando dejan de funcionar, ya es tarde”.
Esa idea atraviesa todo el proyecto. No conformarse nunca, incluso cuando todo va bien. “Antes Carraovejas era un vino que gustaba a todo el mundo. Hoy buscamos otra cosa: vinos con identidad, vibrantes, con textura, que hablen del lugar”. Porque el vino, como el propio proyecto, no es una fórmula cerrada, sino un proceso vivo.
La identidad del paisaje
El discurso de Pedro vuelve siempre al territorio. A la viña. Al paisaje como origen de todo.
Hoy el trabajo en campo es minucioso. Cada parcela se estudia, cada suelo se interpreta, cada vino se concibe como una traducción del lugar del que nace. El cambio climático ha obligado además a repensar variedades y estrategias, con especial atención a la garnacha, una variedad local que recupera protagonismo. “Durante años no estuvo valorada, pero tiene un potencial enorme”, apunta.
El grupo integra hoy proyectos en distintos territorios vitivinícolas de España, pero todos comparten una condición esencial: viñedo con identidad y un paisaje capaz de emocionar. No son proyectos buscados, sino encontrados.
Toda una filosofía que alcanza su culminación al cruzar la puerta del Ambivium, el restaurante del grupo junto a la bodega con Estrella Michelin y Estrella Verde.
Allí el vino no acompaña la experiencia; la dirige. Entre salas dedicadas al vino, una bodega con más de 5.000 referencias y un menú que habla de territorio y memoria, la experiencia se convierte en una forma de entender el mundo.
Y quizá por eso todo encaja. Porque al final, todo empezó en una mesa. Y todo, de una forma u otra, sigue volviendo a ella.