El legado de Muga contado por su director técnico Isaac Muga
Isaac Muga, no solo es el enólogo y director técnico de Bodegas Muga, es también el rostro visible de la tercera generación de bodegueros (y quinta de viticultores).
Llegar al Barrio de la Estación, en Haro, es como entrar en una cápsula del tiempo: edificios centenarios, el rumor del tren, el aroma persistente a madera y vino… Pero al cruzar las puertas de Bodegas Muga, esa quietud se transforma. Aquí, el tiempo no se detiene: se respeta. Porque en esta casa, con casi un siglo de historia, el vino se elabora con paciencia, sin pausa, y con la vista puesta en el futuro. Lo notas incluso en un miércoles cualquiera, con la recepción repleta de enoturistas —chinos incluidos, por supuesto— esperando para conocer una de las bodegas más emblemáticas de Rioja, presente ya en 83 países. Por algo será…
Una familia que respira vino
Isaac Muga, director técnico y rostro visible de la tercera generación de bodegueros (y quinta de viticultores), nos recibe con una sonrisa tranquila y una mirada curiosa. En Muga, la familia no es un nombre en la etiqueta, es la esencia de todo. Aunque la dirección formal recae en él y tres primos —uno técnico y tres comerciales—, la implicación familiar va mucho más allá. Aquí no hay jerarquías rígidas ni despachos cerrados: se trabaja en equipo, con una brújula clara que apunta siempre al mismo norte: calidad por encima de todo.
“Incluso mi padre sigue dado de alta”, comenta Isaac entre risas. Pero en el fondo no es una anécdota, sino una declaración de principios. En esta casa, el vino no se delega. Se vive.
Aunque son una de las bodegas más jóvenes del histórico Barrio de la Estación —fundada en 1932—, eso nunca ha sido un hándicap. Al contrario: “Somos los jovenzuelos”, bromea Isaac, “y eso nos obligó a aprender de todos y a crecer sin perder nuestra esencia”.
En los más de 25.000 metros cuadrados que hoy ocupa la bodega, tradición y tecnología conviven sin estridencias. Viñedos de toda la vida, barricas propias y métodos artesanales se entrelazan con una visión innovadora. Porque en Muga, el vino avanza a su ritmo: sin prisas, pero sin pausas.
Y evolucionar también significa romper con tópicos. Como el del “Riojanitis”, ese que dice que Rioja es solo tierra de vinos tintos. Nada más lejos. Muga creció con el clarete y hoy defiende con orgullo su apuesta por vinos rosados y vinos blancos de altísima calidad (No es casualidad que Rioja sea también la denominación de origen más antigua de España en vinos blancos). Porque aquí, la calidad no entiende de colores.
Calidad desde la raíz
Todo empieza donde debe; en la tierra. Una tierra cuidada con mimo, bajo una filosofía de viticultura razonada que Isaac aprendió durante su formación en Francia. Hoy, esa sensibilidad guía el trabajo en más de 400 hectáreas repartidas por toda La Rioja, con el corazón firmemente plantado en Rioja Alta.
La clave está en el equilibrio. Respetar el paisaje, escuchar la viña, facilitar la vida al agricultor. Porque sin buena uva, no hay gran vino. Y sin agricultores que puedan vivir dignamente de su trabajo, no hay futuro. “Si se aprieta en el precio, el que lo sufre es siempre el agricultor. Y si él no puede sostenerse, abandona el viñedo”, advierte Isaac. Así de claro. Así de grave.
Por eso, en Muga la calidad no es un eslogan: es una responsabilidad. Una que comparten junto a otras bodegas en la Asociación por la Calidad (ABC), defendiendo un modelo sostenible y justo, donde el valor del vino empieza en la raíz: la tierra y quien la trabaja.
“Elaborar vino es muy complicado y muy fácil”, reflexiona. Porque lo esencial sigue siendo lo de siempre: cuidar el terruño, entender el suelo, escuchar la planta. Y la naturaleza, si se la cuida, es muy agradecida. “En los últimos 15 años hemos aprendido más de nuestros suelos que en los cien anteriores”. Tal vez, esa humildad de seguir aprendiendo sea el verdadero secreto de Muga.
Barricas y tradición sin maquillaje
Uno de los rincones más fascinantes de la bodega es su tonelería propia. Aquí no hay acero inoxidable. Solo madera. Y no cualquier madera. Cada año, Isaac y su equipo viajan a Francia para seleccionar personalmente el roble con el que criarán sus vinos. Solo compran en bosques sostenibles, y la madera reposa a la intemperie durante al menos cuatro años antes de convertirse en barrica.
Los toneles se elaboran en la bodega por tres artesanos que heredaron el oficio de padres y abuelos. Producen unas 900 barricas al año, que acompañan al vino durante ocho vendimias antes de iniciar una segunda vida como mesas, estanterías o leña para tostar las nuevas. Aquí, nada se tira. Todo se honra.
Esa misma filosofía guía la clarificación. En Muga aún se cascan huevos a mano. Podrían usar claras industriales, sí, pero prefieren seguir como siempre. Dos o tres claras por hectolitro, removidas en depósitos de roble para suavizar los taninos. Sin atajos. Con respeto. Como se hacía antes. Como se hace bien.
El arte de recibir
El enoturismo es otra de las fortalezas de Muga. Más de 14.000 personas cruzan cada año sus puertas, y no es por casualidad. Isaac habla con calma, con claridad, sin artificios. De niño ya atendía a los visitantes que llegaban a la bodega del pueblo, cortando chorizo y sirviendo vino con una sonrisa. Ese espíritu no se ha perdido.
Hoy, el equipo recibe con la misma calidez de entonces. “Cuanto más auténtico, mejor”, dice Isaac. Y cuesta no estar de acuerdo. Aquí, entre visitas, la vida sigue en el patio. El cocinero —un gallego con alma vasca— prepara croquetas, espárragos y oreja como si fueran para la familia. Porque lo son. Alta cocina sin pretensiones, hecha con alma. Y eso, como el buen vino, se nota.
Y entre copa y copa, conversación y croqueta, uno entiende que Muga no se visita: se vive. Porque más allá de las barricas y el prestigio, lo que de verdad se queda es la sensación de haber estado en casa. Una donde el vino no es espectáculo, sino verdad.