Entrevista a Lalo Antón, director general de Artevino Family Wineries
Quizá de primeras no caigas en Finca Villacreces, pero seguro que sí en Pruno. Uno de los grandes superventas descrito por Wine Advocate como uno de los mejores vinos españoles por debajo de los 20 dólares. Detrás de ese éxito hay mucho más que una etiqueta. Hay una historia familiar, una finca con identidad propia y una manera muy concreta de entender el vino que hoy lidera Lalo Antón.
Tercera generación de una familia vinculada al vino y la hostelería, Gonzalo Antón —Lalo para todos— dirige la compañía Artevino con una mezcla poco habitual de intuición, experiencia y mirada internacional. Nos recibe en Villacreces, en plena milla de oro de Ribera del Duero, donde el paisaje no es solo escenario; es punto de partida.
El lugar: un viñedo dentro del paisaje
Nada más llegar, el entorno impone. Un mar de pinos rodea la finca, amortiguando el viento, regulando la temperatura y protegiendo el viñedo de forma natural. A pocos metros, el río Duero dibuja un meandro que aporta humedad y vida a un territorio que parece aislado del mundo, pero que en realidad está profundamente conectado con él.
Con un paisaje así, hacer la entrevista en interior resulta casi imposible. Y aunque el dicho local —“once meses de invierno y uno de infierno”—, propio de esta meseta elevada de clima continental, pueda sonar exagerado, lo cierto es que el frío se hace notar.
Villacreces no es una bodega al uso. Es una finca en el sentido más literal. Todo ocurre alrededor. Viñedo y bodega forman un mismo cuerpo. Aquí conviven unas 15 parcelas en un espacio reducido, pero con una diversidad de suelos sorprendente: gravas, arenas, arcillas y depósitos de loess que, en interacción con el Duero, generan una complejidad difícil de encontrar en tan poco territorio.
La historia del lugar se remonta al siglo XIII, cuando un monasterio aprovechaba estas tierras para abastecer a la comunidad. Hoy, ese pasado sigue presente, reinterpretado desde una mirada contemporánea.
El proyecto: del fenómeno Pruno a la identidad de finca
El éxito de Pruno llegó casi sin buscarlo. “No éramos perfil Parker”, reconoce Lalo. Sin embargo, el vino conectó con un cambio de época en la que los consumidores empezaban a buscar vinos más fluidos, frescos y gastronómicos.
Y ahí estaba la clave. Porque si algo define Villacreces es precisamente su vocación culinaria. Vinos pensados para la mesa. No como concepto, sino como herencia natural de una familia de hosteleros. Elaboraciones con estructura suficiente para acompañar la comida, pero con acidez y frescura para evolucionar con ella.
Para lograrlo, tanto en viñedo como en bodega la filosofía es clara: máxima fidelidad al origen. La madera no debe imponerse. Se trabaja con grandes formatos y hormigón, dejando que el vino respire sin interferencias. “La madera tiene que estar en sintonía, no en primer plano”, resume.
Compromiso: sostenibilidad como parte del legado
Lalo tiene claro que el futuro del vino pasa inevitablemente por el cuidado del entorno. Todas sus bodegas están certificadas bajo el programa Wineries for Climate Protection, un estándar que avala prácticas responsables en viñedo y bodega.
Pero más allá de los certificados, hay la convicción profunda de que el proyecto no pertenece solo al presente. “El legado tiene que continuar, y nosotros tenemos que contribuir a que eso sea posible”, explica Lalo. Es por ello, que la gestión del viñedo, el uso eficiente de recursos y la adaptación al cambio climático forman parte del día a día. No como discurso, sino como una necesidad estructural. Y es precisamente eso lo que se percibe al recorrer la finca. Una forma de trabajar silenciosa pero firme, donde el respeto por el entorno no se proclama, se practica.
Enoturismo: de visitar bodegas a crear experiencias
La visión de Lalo Antón se ha ido afinando a base de viaje y contraste. “Acabo de volver de Argentina, de visitar Zuccardi en Valle de Uco. Es inspirador”, comenta. Pero si hay un lugar que realmente ha marcado su forma de entender el vino es California. Allí descubrió algo esencial: el enoturismo no consiste en enseñar una bodega, sino en hacerla vivir. De abrir puertas y mostrar barricas, a diseñar experiencias completas en torno al vino, el paisaje y la cultura. Ese cambio de paradigma se traduce en Villacreces en iniciativas como el Día Pruno, una jornada que marca el inicio del verano en la Milla de Oro y que cada año acoge gran multitud de enoturistas. Música, gastronomía, actividades al aire libre y vino convierten la finca en un espacio abierto, vibrante, donde la experiencia va mucho más allá de la copa.
Pero nada de esto sucede por sí solo.
Detrás hay un equipo de personas que sostienen el proyecto día a día. Para Lalo, ahí está el verdadero diferencial: “Sin el equipo no puedes conseguir nada. Son parte del proyecto. Lo difícil es trasladar esa emoción”. Porque en Villacreces el vino no se entiende sin las personas que lo hacen posible. Ni el paisaje sin quien lo cuida, ni la experiencia sin quien la comparte. Y es precisamente en esa suma —de lugar, de visión y de equipo— donde el proyecto encuentra su sentido.
Al final, todo vuelve a lo esencial: una copa, una mesa, una conversación… Y la sensación de que, cuando el vino está bien hecho, no solo se bebe; se vive.