Entrevistando a Gorka Mauleon de Mozo Wines
Conocer a Gorka es encontrarse de frente con una energía contagiosa. Habla de vino, de viñas y de La Rioja con tal claridad y pasión que cuesta creer que durante años trabajara como informático.
Viéndole explicar cada rincón de su tierra, resulta inevitable pensar que aquel talento para comunicar estaba desaprovechado delante de una pantalla. Porque Gorka no solo habla de vino; cuenta historias, transmite emociones y consigue que uno se enamore de esa Rioja pequeña, auténtica y profundamente querida que tantas veces queda eclipsada por los grandes nombres.
Pero para entender a Gorka hay que entender también Lanciego, un pueblo donde la cultura del vino está profundamente arraigada y donde las viñas forman parte de la memoria colectiva. Aquí el vino nunca ha sido únicamente una actividad económica, sino una forma de relacionarse, de reunirse y de compartir la vida. Gorka, que además fue alcalde de la localidad, conoce bien ese vínculo entre territorio, vecinos y tradición.
Hoy, junto a su pareja Itxaso y a Unai, hermano de esta y tercera generación de la familia, es uno de los guardianes de un patrimonio único. Un legado construido a base de viñedos viejos, memoria campesina y una forma de entender el vino que mira al pasado para construir el futuro.
Una historia de regresar para seguir adelante
El proyecto nació en los años 70 de la mano de Cesáreo, conocido cariñosamente como "El Mozo". En 1980 comenzó a elaborar y vender vino a granel mediante maceración carbónica, el estilo tradicional de la zona.
Décadas después, la historia dio un giro. Itxaso, nieta de Cesáreo, y Gorka habían construido su vida lejos del pueblo, entre Barcelona y Sant Cugat del Vallès. Pero en 2010 falleció Félix, el padre de Itxaso, y surgió una pregunta que cambiaría el rumbo de todo: ¿volver o dejar que el proyecto terminara? La respuesta fue clara. Había que regresar.
Volver no era solo recuperar una bodega familiar; era regresar a una tierra donde el vino siempre había formado parte de la identidad de sus habitantes. En Lanciego, las viñas han marcado durante generaciones la vida social del pueblo. Antiguamente, incluso se realizaban intercambios entre los jóvenes de Lanciego y Mendoza (Argentina), una tradición que refleja cómo el vino servía también como nexo de unión entre localidades de continentes distintos.
El cambio fue radical. De la oficina a los tractores. De las reuniones al viñedo. De los ordenadores a las cepas. Aunque ambos habían crecido entre viñas, descubrir lo que significa realmente hacer vino fue toda una odisea. Y si elaborar vino ya es complicado, venderlo lo es todavía más. Ahí no bastan los conocimientos técnicos. Hace falta empatía, capacidad para contar historias y mucha perseverancia. Gorka lo demuestra cada vez que habla. Escucharle es entender que detrás de una botella siempre hay mucho más que vino.

El tesoro de las viñas viejas
Mucho antes de que las palabras "ecología" y "sostenibilidad" se pusieran de moda, ellos ya trabajaban así. No por estrategia, sino por convicción. Simplemente continuaban la forma de cultivar la tierra que habían aprendido de sus abuelos y bisabuelos. En Lanciego nadie lo veía como algo extraordinario, sino como la manera natural de hacer las cosas.
Esa relación con la tierra explica también la importancia que conceden a sus viñas viejas: cepas de 60, 70 e incluso 80 años que conservan la diversidad de otras épocas, cuando distintas variedades convivían en una misma parcela. De esa riqueza nacen sus microvinos o, como dice Gorka, "parcelas embotelladas". Son vinos que expresan fielmente el carácter de cada viñedo.
Los desafíos del presente
Pero el pasado, por sí solo, no basta para responder a los retos del futuro. El cambio climático ya está transformando la realidad del viñedo. Las vendimias se adelantan, los ciclos agrícolas cambian y hasta muchas celebraciones tradicionales pierden la referencia temporal que durante generaciones marcó el trabajo en el campo.
A ello se suma la situación del mercado. Se consume menos vino que hace unas décadas y Rioja arrastra problemas de sobreproducción. Durante años predominó una lógica basada en el "bueno, bonito y barato", pero cuando el precio se convierte en la única variable, alguien termina pagando la factura. Y casi siempre es el agricultor.
Por eso Gorka insiste en la necesidad de enseñar qué hay detrás de una botella. Familias, pueblos, generaciones enteras y pequeños productores que luchan por mantener vivo un territorio. Al fin y al cabo, como él mismo dice, la despoblación empieza en el supermercado.
Quizá uno de los grandes retos pendientes de Rioja sea contar mejor su propia historia. Una región mucho más diversa de lo que durante años nos han explicado. Existen paisajes, estilos, variedades y formas de elaborar que rara vez aparecen en el relato oficial. Y comunicarlo sigue siendo una asignatura pendiente para muchas bodegas que, paradójicamente, tienen historias fascinantes que contar.
Mientras hablamos de todo esto, en la copa tenemos Herrigoia, un vino que resume la filosofía de la casa. Un vino de maceración carbónica fresco y directo que acompaña la conversación con naturalidad, igual que la propia cueva de Mozo Wines, un antiguo calado tradicional convertido en vinoteca donde comparten vinos, encuentros y momentos con la gente del pueblo, recuperando ese carácter social que siempre ha tenido el vino en Lanciego.
Porque al final, como ocurre con la forma de entender el vino de Gorka, una botella no es solo lo que contiene, sino todo lo que sucede alrededor de ella.