El vino es, ante todo, un pacto con la naturaleza. Y como todo pacto, hay años en los que la madre naturaleza sonríe… y otros en los que frunce el ceño. La climatología manda —al 100 %, sin concesiones— y el viticultor no puede más que adaptarse. No es una ciencia exacta: cada añada es una caja de sorpresas, y cuando la uva llega a la bodega, el enólogo a veces tiene que sacar el plan B… o C.
En Bouzeron, al norte de la Côte Chalonnaise, en Borgoña (Francia), las hileras de viñedos de Domaine de Villaine no escapan a este destino. Fundada en 1971 por Aubert y Pamela de Villaine, la bodega ha hecho de la agricultura ecológica su credo desde 1986. Aquí, cada parcela de aligoté, chardonnay y pinot noir se cultiva como un pequeño tesoro familiar, hoy bajo el cuidado de Pierre de Benoist, sobrino de Aubert, que mantiene la filosofía de trabajar con paciencia y precisión, siempre siguiendo el ritmo de la tierra.
Pero en 2021, la tierra ofrecía poco. En los viñedos de Rully, las parcelas de premier cru —Montpalais, Raclot, Margotés, Grésigny y Rabourcé— no producían lo suficiente para vinificarse por separado. Fue entonces cuando la tradición de respeto al terroir se unió a la creatividad. Frente a la escasa producción se planteó combinar todas estas parcelas para crear un solo vino de chardonnay: Domaine de Villaine Rully 1er Cru Cloux Blanc.
Para ello, la vinificación sigue el método tradicional de la casa, es decir, fermentación y crianza sobre lías finas durante 12 meses en barricas de Borgoña, con un 20 % de roble nuevo para aportar complejidad, sin que la madera eclipse la frescura.
Como resultado, Domaine de Villaine Rully 1er Cru Cloux Blanc es fruto de un año desafiante. Elegante, preciso y con esa tensión que solo se consigue cuando la vid tiene que luchar por cada racimo, es la prueba de que, cuando el clima complica las cosas, la experiencia y la creatividad del viticultor pueden convertir un desafío en una maravillosa joya embotellada.