En el campo, antes de que existieran GPS, mapas digitales o drones que sobrevuelan viñedos, había algo mucho más humilde —y a la vez poético— para marcar los límites de la tierra: la fita. Una piedra plantada en el suelo como quien firma un paisaje, como quien dice “hasta aquí llega mi mundo”.
Hoy, ese espíritu toma forma en una bodega que lleva ese nombre con intención y sentimiento: La Fita. No es solo un guiño al campo ni una inspiración romántica, sino una declaración de principios. Aquí los vinos no nacen de un capricho urbano ni de laboratorio; nacen de la tierra, de los límites que la definen y de la memoria de quienes la han trabajado antes.
La Fita es el proyecto de Martí Torrallardona Raventós, joven elaborador, hijo y nieto de viticultores. En 2021 decidió poner su sello sobre el paisaje que le ha visto crecer, en el Penedès (Cataluña), igual que aquellos viejos hitos de piedra marcaban los confines de su mundo. Solo que su fita no es de granito, sino de uva, paciencia y sensibilidad.
La Fita Vinya de la Creu procede de una macabeu vieja, plantada en vaso en 1974, y una malvasía joven. Ambas cepas hunden sus raíces en un suelo de arcilla roja coronada por una fina capa calcárea, conocida en la zona como “cervell de gat”, una textura curiosa que cruje bajo las botas y regala al vino tensión, mineralidad y carácter.
La vendimia es manual y las uvas llegan a bodega en pequeñas cajas. Tras el despalillado, el mosto pasa dos días en contacto con sus pieles, fermentar suavemente entre 18 y 20 ºC en acero inoxidable. Después, el vino se refugia durante 6 meses en damajuanas.
La Fita Vinya de la Creu es limpio, honesto, luminoso y ligado a la tierra que lo vio nacer. Un vino que no necesita artificios para decir quién es, porque —igual que aquellas piedras que delimitaban los paisajes rurales— habla con firmeza, sencillez y memoria.