Biodinámico convencido, visionario incansable y, para muchos, un auténtico alquimista del vino. Michel Chapoutier no es solo uno de los nombres más influyentes del sector en los últimos 30 años, sino alguien capaz de llevar su filosofía de la viticultura a todos los rincones del mundo. Desde las históricas laderas de Hermitage, ha ido construyendo un imperio que parece no tener fin, y tiene un don casi mágico: lograr que muchas de sus creaciones alcancen los codiciados 100 puntos Parker.
Entre sus joyas más recientes brilla La Bernardine Blanc, una mezcla de uvas emblemáticas de Châteauneuf-du-Pape, predominando la garnacha blanca, acompañada de garnacha gris, clairette y roussanne. El viñedo se asienta en antiguos bancales cuaternarios, donde la superficie está cubierta por los grandes cantos rodados de los Alpes, que reflejan el calor del sol durante el día y lo liberan lentamente por la noche, creando un microclima perfecto para la maduración.
El nombre del vino, La Bernardine, rinde homenaje a la casa situada en medio de los viñedos, que fue adquirida por el abuelo de Michel Chapoutier, convirtiéndose así en un vínculo tangible entre historia familiar y excelencia vitivinícola. La Bernardine Blanc se despliega con frescura, complejidad y elegancia, gracias a una crianza de 8 a 12 meses combinando 'demi-muids' de 600 litros y acero inoxidable, que le aporta estructura sin sacrificar la pureza de la fruta.
Con Michel al timón, los viñedos del Ródano dejan de ser solo parcelas de tierra. La Bernardine Blanc es una prueba más de que, cuando se combina talento, audacia y respeto por la tierra, el resultado puede ser simplemente mágico.