Hay personas que se hacen querer... y Tom Lubbe es una de ellas. Neozelandés de nacimiento, criado en Sudáfrica, curioso por naturaleza, rebelde del vino y agricultor de vocación. Aterrizó en el Rosellón (sur de Francia) para aprender de uno de los grandes, Gérard Gauby, y acabó llevándose más que conocimiento: se enamoró del lugar, del trabajo... y de la hija del maestro, Nathalie.
Hoy, Tom y Nathalie elaboran juntos vinos que parecen de otro planeta desde su finca Matassa, en el municipio de Calce, en el Rosellón. Uno de los más especiales se llama Tattouine, como la ciudad del sur de Túnez que inspiró a Star Wars… y, sobre todo, como homenaje a los trabajadores tunecinos que plantaron estas viñas hace más de un siglo.
Matassa Tattouine Rouge nace de una minúscula parcela de 0,8 hectáreas, rodeada de garriga y con suelos de pizarra roja y caliza. Las cepas, con más de 100 años, se cultivan en vaso y con tratamientos biodinámicos. Aquí no hay herbicidas ni productos sistémicos; solo compost natural, cubiertas vegetales y laboreo mínimo. El objetivo es claro: mantener el suelo vivo y el ecosistema en equilibrio.
La vendimia se hace a mano, con selección en el viñedo y racimos que llegan enteros a la bodega. Allí se vinifican sin despalillar, con una maceración suave de 3 semanas que extrae lo justo para conservar frescura y tensión. La fermentación arranca con levaduras autóctonas, sin control térmico artificial. Después, el vino se cría durante 9 meses en depósitos de hormigón, sin clarificar ni filtrar. Solo se añade un toque mínimo de sulfuroso si es necesario antes del embotellado.
¿El resultado? Matassa Tattouine. Una bomba de fruta crujiente, con energía, frescura y una concentración que hace salivar. Un tinto que se bebe casi sin querer… pero que no se puede olvidar.