En una familia, aunque todos compartan el mismo apellido, cada miembro tiene su carácter. Algunos son tranquilos y discretos, otros intensos y llenos de energía. En Borgoña ocurre algo muy parecido: cada cru es único y refleja la personalidad de su terroir. Algunos vinos susurran con delicadeza, otros hablan alto y claro.
Si alguien entiende esta familia de crus como nadie, ese es Paul Chavy. Hijo del reconocido viticultor Jean-Louis Chavy, Paul nació rodeado de barricas, suelos calcáreos y la historia de Meursault. Tras la división de la bodega familiar en 2003, su padre tomó los viñedos de Puligny-Montrachet, y ahora Paul recoge el testigo con un estilo propio, fresco y creativo, pero siempre fiel a la tradición.
Desde 2020, dirige su propia iniciativa négoce, dando vida a vinos que combinan precisión borgoñona con un toque moderno: desde el Bourgogne Blanc hasta los grandes Corton-Charlemagne y Saint-Aubin Premier Cru. Cada vino es una especie de retrato de su origen, y el Gevrey-Chambertin no es la excepción.
Eaborado 100% con pinot noir, la variedad tinta más emblemática de Borgoña, los viñedos se cultivan siguiendo métodos tradicionales, con respeto por el suelo y el ecosistema. En bodega, la fermentación se realiza en cubas de madera abiertas, con levaduras naturales y un control suave de la temperatura para extraer aromas y taninos sin forzar el vino. La maceración dura el tiempo justo para lograr color, estructura y elegancia. Luego, el vino se cría en barricas de roble francés, aproximadamente un 20-30% nuevas, durante 14 a 18 meses, lo que aporta complejidad y sutileza sin enmascarar la fruta ni el carácter del terroir.
El resultado es un Gevrey-Chambertin que refleja toda la personalidad de la zona. Un vino que, como en una familia comparte el apellido Borgoña, pero cada parcela, cada racimo y cada barrica aporta su propia personalidad.