Descubriendo El Grifo con Elisa Ludeña
Si te dicen “vinos de Canarias”, probablemente pienses en hoyos excavados en la ceniza negra de un paisaje casi lunar. Pero no te equivoques, aunque todos los vinos canarios llevan consigo la brisa atlántica, la salinidad y el aroma del mar, solo un lugar tiene ese escenario único: La Geria, en Lanzarote.
Entre este mar de ceniza nos recibe El Grifo, la bodega más antigua de Canarias y una de las más longevas de España, con más de 250 años de historia. Aquí trabaja Elisa Ludeña, parte de una generación capaz de unir técnica y sensibilidad, tradición e innovación. Su misión: descifrar un territorio extremo donde el viento nunca descansa, la lluvia es una rareza y la ceniza marca el ritmo de la vida.
La Geria: el viñedo de lo imposible
En este suelo volcánico —llamado picón, rofe o ceniza— la viticultura es un ejercicio de ingenio y resistencia. Tras las erupciones del siglo XVIII, el campo quedó cubierto por metros de ceniza. En lugar de rendirse, los viticultores comenzaron a excavar hoyos hasta encontrar la tierra fértil. Cuanto más cerca del volcán, más profundo el hoyo.
Lo extraordinario llegó después, cuando descubrieron que ese hoyo volcánico absorbía el rocío nocturno y lo dirigía a la raíz como si fuera un embudo natural. En una isla donde casi nunca llueve, ese gesto de la naturaleza lo cambió todo. Por eso a La Geria se la conoce como el viñedo de lo imposible, aunque —como insiste Elisa— sí que es posible porque “la naturaleza es sabia… y porque el viticultor ha sabido buscarse la vida”.
La historia de El Grifo también es singular. Antes de ser bodega, la zona ya se llamaba así porque los viajeros paraban a beber agua. De ahí el nombre del proyecto. Años más tarde, el famoso artista isleño César Manrique reinterpretó ese nombre y creó el Pájaro Grifo, mitad águila, mitad león, guardián del vino de Dioniso y símbolo hoy inseparable de la bodega.
De Ecuador a Lanzarote: una llamada de la tierra
El camino de Elisa hacia el vino tampoco es el habitual. Nacida en Ecuador, llegó a Lanzarote con 14 años y estudió Turismo. Pero pronto sintió que quería escapar del cliché del “sol y playa”. Se especializó en enoturismo y, al pisar su primera bodega, la viña la conquistó por completo y cambió el sol y la playa por la cepa y el rofe.
Allí comprendió algo esencial: el sector primario es el verdadero motor económico de la isla, y cuidarlo significa sostener su identidad. Esa relación con la tierra se vuelve aún más evidente en un territorio donde la falta de agua es un desafío constante. Aquí prácticamente no llueve. Aun así, la isla vive un momento vibrante: hoy existen 36 bodegas, el doble que hace cinco años, aunque con menos uva por la escasa lluvia de los últimos años.

Tradición que mira al futuro
Pese a sus 250 años de historia, El Grifo respira una energía contemporánea. Además de sus top ventas, como Malvasía Lías, Malvasía Colección Semidulce, Malvasía Colección Seco o la edición especial Malvasía Volcánica Lías creada para conmemorar sus 250 años, la bodega se distingue por la libertad creativa con la que trabaja Elisa: “Puedo experimentar con microproducciones: clarete, orange wine, ancestral, listán blanco… Cada vendimia hacemos algo nuevo”.
Tanto es así que la innovación incluso ha llegado al calendario. Viendo que las cepas en invierno no acababan de entrar en reposo por falta de frío y seguían brotando, en 2022 surgió la idea de vendimiar en marzo. Así nació Vendimia de Invierno, un proyecto cuyo objetivo es obtener vinos más frescos, de menor grado y mayor acidez, perfectos para espumosos y crianzas. Además, como explica Elisa, actúa como antesala: “lo que sucede en invierno se repite en verano, permitiendo anticipar la vendimia principal”.
Y mientras esta bodega avanza hacia una viticultura cada vez más consciente, demuestra que la historia no pesa cuando se combina con curiosidad, creatividad y resiliencia. Un territorio de lo más singular que más de uno se ha sentido tentado a llevarse un trocito de ceniza negra o una roca volcánica como recuerdo. Una idea romántica, sin duda, pero mejor olvidarla, porque las piedras y arena son patrimonio, y las aduanas no perdonan (¡hasta 3.000 € de multa!). Mucho más gratificante es llevarse una botella de El Grifo, abrirla en casa y dejar que su aroma y sabor te transporten directamente a La Geria.