Puede que algunos de estos nombres te suenen: La Faraona, El Rapolao o Valtuille de Abajo. Muchos los identifican como algunos de los vinos más codiciados de El Bierzo (Castilla y León). Pero lo interesante es que, antes que vinos, son lugares. Nombres de viñedos, pueblos y parcelas que ya existían mucho antes de que llegaran los críticos, las puntuaciones o las listas de grandes vinos.
La explicación está en la propia historia del Bierzo. Esta comarca vitícola se ha construido durante siglos como un auténtico mosaico de pequeñas parcelas, muchas de ellas plantadas con la variedad reina de la zona, la mencía, que representa más del 76 % del viñedo y se cultiva aquí desde la Edad Media. Durante generaciones, esas viñas han permanecido en manos de pequeños propietarios. Viticultores que vendían sus uvas a cooperativas o elaboraban vino para consumo familiar. Algunas parcelas se abandonaron con el tiempo, pero muchas otras resistieron, conservando su identidad y su nombre. Hoy, esa historia se está transformando en valor enológico.
En los últimos años, la Denominación de Origen Bierzo ha dado un paso importante permitiendo menciones geográficas más precisas en las etiquetas. Entre ellas destaca la categoría Vino de Villa, que identifica el origen del vino a nivel de pueblo. Es, en el fondo, reconocer algo que los viticultores siempre supieron: no todos los pueblos —ni todas las parcelas— son iguales.
Un buen ejemplo de esta nueva forma de entender el vino es José Antonio García Viticultor Corullón Vino de Villa. Nace en Corullón, un pequeño pueblo situado en las estribaciones de los Montes de León, y está elaborado principalmente con mencía y un pequeño porcentaje de variedades blancas tradicionales. Las uvas proceden de viñas viejas plantadas entre 1930 y 1940, repartidas en unas 200 pequeñas parcelas que en conjunto suman menos de nueve hectáreas. Son cepas de unos 65 años de media, cultivadas en suelos pobres de pizarra mediante agricultura ecológica.
La vendimia se realiza manualmente y el vino fermenta durante unos 30 días en depósitos abiertos de roble. Después pasa 14 meses de crianza en barricas de roble francés antes de embotellarse sin clarificar ni filtrar. El resultado es un vino que no pretende representar una región entera, sino capturar con precisión el carácter de un lugar muy concreto del Bierzo.
Todo apunta a que el futuro del vino irá cada vez más en esta dirección: menos denominaciones amplias y más reconocimiento de pueblos, parajes y viñas concretas. Y vinos como José Antonio García Viticultor Corullón Vino de Villa son una prueba clara de hacia dónde mira hoy el mapa del vino.