Entrevista a Jon Aseginolaza de la Bodega Aseginolaza y Leunda
En el bullicio de la feria Vinos Off the Records, entre copas que tintinean y conversaciones que se superponen, hay mesas que invitan a detenerse un poco más. No solo por lo que se sirve en la copa, sino por las historias que hay detrás.
Entre los participantes destacan dos apellidos que, a primera vista, cuestan pronunciar, pero que delatan de inmediato su origen: Aseginolaza y Leunda. Detrás de ellos están Jon y Pedro, dos vascos que decidieron, hace ya una década, empezar a embotellar el carácter del terruño navarro.
Cuando les proponemos entrevistarlos, ambos se miran con cierta complicidad incómoda, como si estuvieran jugando a los chinos para decidir quién se expone primero. Al final le toca a Jon. Y lo cierto es que, una vez empieza a hablar, la conversación fluye con naturalidad. Esa mezcla de timidez inicial y pasión por lo que hacen termina conquistando.
Jon Aseginolaza y Pedro Leunda son biólogos guipuzcoanos afincados desde hace años en Navarra. Su historia en el vino no viene de una larga tradición familiar ni de generaciones de viticultores. Tal y como ellos mismos dicen son de la generación cero. Sin embargo, el vino siempre ha estado presente en sus vidas. La cultura del vino estaba en la mesa familiar, aunque nunca imaginaron que acabarían elaborándolo.
De una viña para desconectar a 30.000 botellas
Todo empezó casi como una vía de escape. Hace unos diez años tomaron su primera viña en San Martín de Unx, en Navarra, en un paraje rodeado de bosque que, más que una apuesta empresarial, era un lugar donde desconectar. Un pequeño campo de ensayo perfecto por tamaño y por entorno. “Queda muy bonito decir que fue un lugar buscado”, reconoce Jon entre risas. “Pero la verdad es que al principio nadie nos dejaba nada. La primera viña llegó un poco por casualidad”.
Y precisamente por eso es la más especial: fue con la que empezaron.
Al principio vendían la uva. Pero la curiosidad pudo más. Si querían aprender de verdad sobre vino —más allá de beberlo— tenían que elaborarlo. Así que comenzaron con apenas 300 botellas.
Hoy, una década después, producen alrededor de 30.000, en un crecimiento lento y orgánico que, según ellos mismos reconocen, ha estado lleno de aprendizaje, golpes de realidad y siempre con los pies en el suelo.
El eje del proyecto es la garnacha vieja de navarra. Una variedad históricamente muy asentada en la zona, pero cuya diversidad, según ellos, no siempre se ha explorado lo suficiente. “La garnacha es muy plástica”, explica Jon. “Expresa muchísimo el sitio. Y cuando trabajas con viñedo viejo, te da exactamente lo que hay, en la justa medida”.
Vinos que hablan del lugar
Aunque la garnacha ocupa el centro del proyecto, no es la única protagonista. También elaboran blancos. Jon confiesa que en casa a su mujer le gustan más los vinos blancos que los tintos y es por eso que decidió elaborar una malvasía aromática con textura y una viura más tensa y vertical. Diferentes entre sí, pero con una misma intención: que el vino refleje el sitio.
En realidad, esa idea atraviesa todo el proyecto. Como explica el propio Jon, más que buscar un perfil concreto de vino, lo que intentan es expresar el sitio. “No somos nada técnicos”, admite. “Buscamos buenas uvas y una elaboración limpia. Intervenir lo mínimo posible”. Una filosofía sencilla en apariencia, pero que requiere escuchar mucho al viñedo y aceptar lo que cada parcela es capaz de ofrecer.
Esa relación tan directa con el origen también se refleja en las etiquetas. Muchas llevan nombres en euskera o referencias al viñedo del que proceden. Birak —que significa “dar vueltas”— fue el primer vino y probablemente el que más vueltas les ha hecho dar. Kauten toma el nombre del viticultor que cuida esa parcela, mientras que Matsanko hace referencia al racimo entero, ya que gran parte del vino se elabora con esta técnica. Otros nombres son más descriptivos y funcionan como una traducción directa al euskera del tipo de vino: Beltza para el tinto, Txuria para el blanco o Arrossa para el rosado.
Y aún hay otro detalle que también comunica. El lacre de las botellas no es solo estético: aporta información. Cuanto más lacre, más crianza. Una forma sencilla y visual de entender el vino incluso antes de abrirlo.
Con esa misma idea de conexión con el consumidor, en la mesa de la feria Jon reconoce que encuentros como Vinos Off the Records sirven precisamente para tomarle el pulso a quien bebe vino hoy. Frente a la idea de que el mundo está cambiando y que se bebe menos, él lo asume sin dramatismo. “El vino está cambiando. Se bebe menos, pero se bebe mejor”.
Pero va un paso más allá. Para él, el verdadero cambio no está solo en la cantidad, sino en la relación con el vino. Una relación que ya no es la misma de tiempos atrás y que difícilmente volverá a serlo. El vino sigue ahí, pero el contexto, los momentos de consumo y la forma de entenderlo han cambiado. Tenemos que adaptarnos.
Cuando la conversación termina, Jon sonríe con cierta modestia. Al principio no parecía demasiado entusiasmado con la idea de la entrevista. Pero cuando alguien empieza a hablar de su propio proyecto, las palabras acaban saliendo solas. Y con ellas, también el paisaje del que nacen sus vinos. Y nosotros, claro, encantados de escucharlo.